EL SEGMENTO DE PLATA

Por Manuel Montes  m.montescleries@telefonica.net

 

Málaga 29 de septiembre de 2016

 

DE VUELTA AL DÍA A DÍA

 

Decía Tagore. “Que el hastío de tu anochecer no reclame más que lo que pudo ganar el deseo de tu mañana”.

 

 

Es difícil volver a la rutina. Cada vez cuesta más salir de verano de fiestas, celebraciones y eventos de todo tipo y adaptarse a la realidad cotidiana de los mayores, que ni queremos, ni podemos, ni sabemos adaptarnos a una vida cada vez menos intensa.

 

Esta mañana hablaba en la radio con un recién jubilado cuya vida está completamente llena con la coordinación de un voluntariado de gran actividad. Me decía que valoraba mucho en los futuros voluntarios a su cargo, que manifestaran que tenían poco tiempo libre. Malo el que no tiene una vida sin proyectos.

 

Efectivamente, cuando a uno se le acaba la motivación por la que enfrentarse a la vida cada día, es cuando realmente ha envejecido. Ha pasado de ser un miembro del “segmento de plata” a una especie de maceta instalada en una esquina de la casa.

 

Creo que el secreto consiste en apoyarse en los demás. El hombre es un ser social. No puede desarrollar todas sus capacidades solo. Cuando abandona la compañía de los demás se va convirtiendo en un ser taciturno y amargado.

 

Por eso he vuelto a la lucha activa. Al encuentro con los amigos, compañeros o familiares. A vivir una vida de relación en grupo. A tener el tiempo justo para llegar un poco tarde a todos lados.

 

El mundo nos necesita y nosotros necesitamos al mundo. Nos queda mucho que dar y por aquello del “ciento por uno”, recibir. Vivir con las botas puestas. No esperar a morirse para ponérselas.

 

Termino. Hoy tengo que reunirme con gente. Mañana también. El viernes, el sábado y el domingo… también. Que alegría. Vuelvo a necesitar mi agenda llena de fechas, teléfono y borrones. Estoy vivo.

 

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Otros tiempos

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LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

 

Málaga 26 de Septiembre de 2016

 

m.montescleries@telefonica.net

 

OTROS TIEMPOS

 

He recibido un video de una duración de cincuenta minutos en el que se recogen fotos de la vida de los años sesenta. Ha despertado mis recuerdos.

 

Aun a riesgo de convertirme en estatua de sal, he vuelto la vista hacia atrás para encontrarme con imágenes de mi infancia y adolescencia cuya revisión me han puesto “tierno”. Para más “INRI”, me senté días pasados tranquilamente ante la televisión para volver a ver la deliciosa película de Manolo Summers “Del rosa al amarillo”. Esta joya, rodada en 1963, plantea los primeros amores de unos niños de pantalón corto y su fracaso ante unas niñas que, con su misma edad, preferían a mozalbetes de pantalón bombacho y tres o cuatro años más. Nuestra vida.

 

Entre el video recibido y la película en cuestión he vuelto a mis partidos de futbol en medio de “la carretera” o en aquél patinillo de calle Pozos Dulces que nosotros veíamos como el estadio de la Rosaleda. He rememorado los juegos de mi infancia, sin ordenador ni tablet. Con un trompo, unas bolas de mármol o de catarro, unas piedras con los filos matados, una tarde jugando al poli-ladro o al salto de la “papa” o a entera y otra. Aquella bicicleta sin frenos ni guardabarros. Un membrillo compartido entre varios, bocadillos de mortadela de 2.50 o una sesión doble en el Capitol con la exhibición de una de “cowboys” y otra de amores. Obras de teatro de la “galería salesiana” (aun recuerdo “el burro corto” o “el caso del señor vestido de violeta”).

 

Poco más necesitábamos aquellos niños que compartíamos un carrito confeccionado con una tabla y tres cojinetes. Si la cosa se ponía tirante, una pedrea en el Guadalmedina y otro chichón que justificar. Niños que vivíamos en la calle desde después del almuerzo hasta la hora de cenar y cuyo mayor tesoro era un tirachinas bien hecho o una armónica “Honner”.

 

La buena noticia de hoy es que, pese a los avances de la sociedad, al enclaustramiento de los niños y la infinita cantidad de juguetes prefabricados, aun puedo conseguir hacer felices a mis nietos pequeños arrastrándolos dentro de una caja de cartón tirada con una cuerda. Sigo viendo niños haciendo agujeros en la la playa y consiguiendo que el agua entre por un lado del castillo de arena y salga por detrás sin que se derrumbe. Eligiendo los coches que pasan por la carretera o abrazando a un muñeco de trapo destrozado por el uso.

 

Sigo pensando que es un grave error darles los juguetes hechos a los niños; que no utilicen su imaginación; que vean las aventuras en la tele en vez de vivirlas; que no tengan pandillas como la nuestra. La de esos tipos cascados que nos seguimos reuniendo cada mes después de sesenta años. Para comer y para reír. Para intercambiarnos medicinas y experiencias médicas. Para recordar aquellos primeros bailes con las hermanas, las primas y las amigas. Sin comernos un rosco. Como ahora. Para recordar los que se fueron. Para seguir viviendo.

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Los mismos de hace sesenta años

EL SEGMENTO DE PLATA

Por Manuel Montes  m.montescleries@telefonica.net

 

Málaga 22 de septiembre de 2016

 

DE PEDRO O DE PABLO

En el Nuevo Testamento se recogen las diferencias de criterio que mantenían los primeros cristianos en función del seguimiento de uno u otro apóstol. Por eso coexistían los seguidores de Pedro y los de Pablo.

 

La situación no ha cambiado mucho desde entonces. Parece ser que es más fácil seguir los criterios de los exégetas del Evangelio que las propias enseñanzas de Jesús. Esto ha traído como consecuencia herejías, concilios, separaciones, rupturas y hasta guerras.

 

Las personas de a pie, las gentes sencillas, aquellas preferidas por Jesús, se enfrentan a las distintas actitudes como si de un partido de tenis se tratara. Unas veces nos hacen mirar hacia un lado y otras hacia el contrario. En algunas ocasiones tenemos que ser conservadores y en otras, retrógrados.

 

No le arriendo la ganancia al Papa Francisco cuando tiene que enfrentarse a personas cualificadas que se plantean si la Eucaristía ha de realizarse mirando hacia oriente o hacia occidente. Si hay que seguir hablando de Misericordia o hablar más de infierno y condenación.

 

De verdad que nos van a volver locos. A uno, que está medianamente formado, hay veces que lo escandalizan. Ciegos y guías de ciegos. Menos mal que al final la verdad resplandece en el fondo de tu corazón. El Evangelio no engaña.

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Lago de Galilea. Foto del autor

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

 

Málaga 19 de Septiembre de 2016

 

m.montescleries@telefonica.net

 

Una de teléfonos

 

Mi vida discurre en dos lugares geográficos distantes quince kilómetros. Pero hay veces que parecen encontrarse en las antípodas.

 

Esta reflexión viene a cuenta de mi “guerra” con la más importante compañía de teléfonos hispana suscitada cada vez que me cambio de un domicilio a otro. A la hora de contratar casi nunca hay problema. Este se produce a la hora de volver a mi domicilio habitual.

 

El último incidente se ha generado cuando, pensando que no habría dificultad, llamo a dicha compañía para que me vuelvan a llevar el terminal a mi casa de siempre (siempre pagando las tasas correspondientes). Me indican que ya no dispongo de línea, que la mía se la han adjudicado a otro.

 

Después de rogar y rogar me dicen que me pondrán en una especie de lista de espera o de limbo telefónico. Pido hablar con algún coordinador o supervisor y me contesta que “en ella comienza y acaba la cadena informativa”. Inopinadamente se corta el teléfono.

 

Vuelvo a llamar y me atiende un ángel en forma de teleoperadora.

Le vuelvo a contar el problema… ella mira por un sistema… mira por otro… y me dice que lo tiene que arreglar como sea. Consideraba que mi petición se movía dentro del campo de lo justo y lo lógico. Y lo arregla. Mi ángel (Elena creo que me dijo que se llamaba) me despide con el número del contrato y la satisfacción del deber cumplido.

 

Es totalmente incoherente que empresas creadas para facilitar la comunicación oral, intenten evitar la misma con ordenadores parlantes, páginas webs y cortafuegos dialécticos. De verdad que no lo entiendo. Mi buena noticia de hoy se basa en que sigue habiendo trabajadores que aman su oficio y lo dignifican con la labor bien hecha.

 

¡Ay Elena!  Has salvado mi vida de humilde escritor.

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EL SEGMENTO DE PLATA

Por Manuel Montes  m.montescleries@telefonica.net

 

Málaga 15 de septiembre de 2016

 

AGUSTÍN DE HIPONA

Desde pequeño, quizás por mi formación escolar, he estado muy cerca de San Agustín. Por eso me he acordado de su mensaje en estos días que se conmemora su festividad.

 

Muchos de los que le veneran desconocen que San Agustín era africano. En aquellos tiempos (siglo IV) el Imperio Romano se había extendido por el norte de África. Agustín nació en Tagaste (Numidia) y falleció en Hipona a la avanzada edad (para la época) de 76 años.

 

Agustín era un tipo muy inteligente… y un poco complicado. Hijo de un no creyente y una mujer de gran fe (Santa Mónica) vivió una vida de aquella manera hasta que las oraciones de su madre dieron su fruto. Él se denominaba a sí mismo “el fruto de las lagrimas de su madre”.

 

Gran disertador hizo una carrera brillante como orador imperial en Milán tras su paso por Roma, adonde llegó tras dejar engañada a su madre en el norte de África. En sus Confesiones cita este episodio con gran pesar.

 

Tras su paso por el maniqueísmo, en el que se movía con facilidad dados sus conocimientos y su capacidad para debatir, se convirtió al cristianismo en el año 385 tras pasar por un catecumenado impartido por el Obispo San Ambrosio. Después perteneció a una comunidad de frailes; se consagro sacerdote y, finalmente, fue nombrado Obispo de Hipona. Inmediatamente repartió sus bienes entre los pobres y vivió de una manera humilde.

 

San Agustín me ha acompañado siempre. Cuando éramos pequeños, a todos nos iluminaba la anécdota del niño con el que se encontró junto al mar. Su incapacidad de razonar el misterio de la Santísima Trinidad. De mayor me han impactado sus confesiones, las cuales llevo recogidas en un disquete que escucho en el coche, que me ayudan a serenarme y a relativizar lo intrascendente. Su frase “toma y lee” y su lucha para poder compaginar la fe y la razón, son un ejemplo para aquellos que nos movemos en el campo razonable de la duda. “Cree para comprender” y “comprende para creer”. Son dos actitudes excelentes para la “búsqueda del inicio del camino de la fe”. (Una frase mía aunque no tengo el copyright).

 

San Agustín ha venido a mi memoria por su reciente festividad. Lo que no me ha gustado mucho ha sido la imagen televisiva de un San Agustín portado a hombros en un pueblo malagueño y mecido a los compases de “Paquito el chocolatero”. No creo que sean los más adecuados, pero los habitantes del lugar lo consideraban “imprescindible”. Cosas veredes.

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LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

 

Málaga 12 de Septiembre de 2016

 

m.montescleries@telefonica.net

 

La guasa del WhatsApp

 

En el transcurso de mi ya larga vida, he podido observar y utilizar un montón de medios de comunicación. No digo de difusión. La comunicación va y viene. La difusión tiene un solo sentido.

 

He vivido la etapa en la que tenía que pedir una conferencia con el Rincón de la Victoria o la de vivir en lugares totalmente incomunicados telefónicamente. Después, llegaron las llamadas automáticas, los contestadores automáticos y los teléfonos inalámbricos. De la visita a Correos para redactar y enviar un telegrama (aquél del stop) pasamos al fax.

 

Después, ay, aparecieron los teléfonos móviles, con las etapas del maletón, el zapatófono y el pequeñajo actual que perdemos por todas partes. Hoy, pulsando un botón puedo hablar con cualquier parte del mundo de forma automática y barata. Aunque me cuesta trabajo ver la pantalla.

 

Finalmente, los computadores invadieron el mundo de los comunes. Yo había conocido en Intelhorce un ordenador de la IBM (el 360) que necesitaba una habitación para la maquinaria y otra para almacenar las fichas perforadas que servían para completar el trabajo. Más tarde se fueron reduciendo de tamaño hasta llegar al PC de consola y el actual portátil e inalámbrico; rápido, cómodo y barato de mantener. Este te permite enviar correos electrónicos, poner videoconferencias y engañar o engañarte en los chats y páginas de contacto.

 

Todas estas innovaciones han ido minando nuestra libertad y aumentando la dependencia de los diversos instrumentos con los que contamos. También han eliminado, desgraciadamente, la comunicación escrita de cartas de amor, familiares o de  negocios y, consecuentemente, del antiguamente eficaz servicio de correos.

 

Lo último, que ha colmado mi paciencia, ha sido el whastapp maldito. Me va a volver loco. Por deferencia, asumo el ser incluido en diversos grupos, lo que trae consigo el constante bombardeo de información que ni me compete… ni me interesa. Hay días que acabo rendido. Por educación los leo todos. Un desastre. Estoy harto de sentarme a la mesa con comensales que ponen encima de la mesa el “telefonino” y leer, hablar o escribir notas que permiten que el mundo siga girando y que no haya quién mantenga una conversación coherente.

 

La buena noticia de hoy  es que los puedo borrar sin leerlos e incluso darme de baja del dichoso grupo. Lo mismo que los telediarios; se cambia de canal y basta. Termino este escrito. Está pitando un “guasap” familiar en el que me dan la noticia de que una nieta mía se ha hecho caca. Ya puedo dormir feliz.

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!Ay del solo!

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EL SEGMENTO DE PLATA

Por Manuel Montes  m.montescleries@telefonica.net

 

Málaga 8 de septiembre de 2016

 

¡AY DEL SOLO!

Cuanta verdad encierra esta frase. Las estadísticas del teléfono de la Esperanza sitúan como primer problema el “estado de soledad e incomunicación”.

 

En la biblia ya se cita la frase: pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Eclesiastés 4:10). En San Mateo 14-20 se recoge esta frase de Jesús: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre
no tiene donde recostar la cabeza”.

 

Sin embargo esta de moda la independencia, “el single” o la falta de responsabilidad sobre alguien. Al fin y al cabo, la soledad. Se huye del compromiso; de la familia; de la interrelación. Especialmente cuando se puede uno valer por sí mismo. Luego llega la cuesta arriba. Vemos con en los países más “civilizados”, después de diversas alternativas familiares, se acaba en la “soledad acompañada” que se vive en una residencia.

 

Los miembros de las familias numerosas, especialmente, nos quejamos de que siempre nos necesita alguien. Abuelos, padres, hijos, hermanos, nietos, etc., recurren a nosotros a menudo. Unas veces lo acogemos mejor y otras peor. Añoramos la independencia.

 

Pero la realidad es muy diferente. ¡Cuanto podemos hacer por los que nos rodean! Y cuanto nos devuelve la vida en los momentos complicados. En estos momentos tengo uno de mis repetidos resfriados veraniegos que se ha puesto excesivamente rebelde. Lo hubiera pasado solo. Mal, pero lo hubiera pasado. Pero me he sentido mimado y rodeado por los míos. No tengo más remedio que recogerlo en estas letras destinadas a mis coetáneos del “segmento de plata”.

 

Que razón tenía Jesús cuando decía aquello de ¡Ay del solo! Pero no escarmentamos. Seguimos hablando mucho de amor y viviendo el egoísmo. No tengo más remedio que sentirme muy feliz disfrutando… y penando con una familia numerosa. Que me quiten lo bailado y lo por bailar.

 

 

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LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga 5 de septiembre de 2016

 

m.montescleries@telefonica.net

 

BAR “EL MALAGUEÑO”

 

En el otoño de 1993 fuimos enviados a Bélgica un grupo de malagueños con el fin de transmitir la Buena Noticia a los emigrantes españoles que vivían en Lieja.

 

Fue una experiencia extraordinaria. Íbamos a un lugar desconocido a hablar con desconocidos. El conserje-portero-hombre para todo del Consulado Español en Lieja (Aurelio Tejón), fue nuestro anfitrión. Nos acogió en su vivienda que ocupaba la tercera planta del consulado. Allí iniciamos nuestro periplo en aquel país.

 

Hacía un frío terrible. Diez o doce grados bajo cero. Mucho para nosotros. Pero los llevamos con un mínimo de dignidad y mucha buena voluntad. Hicimos nuestro trabajo con bastante éxito. En una de las reuniones que tuvimos en la casa de España, nos invitaron a visitar, entre otros lugares de encuentro, el bar “el Malagueño”.

 

En todas las ciudades de cierta entidad del centro de Europa que he visitado, casi siempre he podido encontrar un establecimiento con las mismas características. Un nombre que recuerda el terruño, unos carteles de toros y el “Viva España” de Manolo Escobar a todo trapo. En ellos se discute de futbol como si fuera Canaletas o La Cibeles. Se bebe lo que hay y se consumen los embutidos traídos las últimas vacaciones. Los domingos paella; tortilla de patatas siempre.

 

Viendo el partido Bélgica-España  de esta semana pasada, me he acordado de aquel malagueño propietario del bar establecido en la ciudad de George Simenón, una de mis referencias literarias. Me dijo que había hecho un poco de fortuna trabajando duramente en las cercanas minas arriba del Mosa (muchas veces citadas en las novelas de Maigret). Ahora su vida consistía en dejar pasar el tiempo rodeado de españoles y añorando su barrio de la Trinidad.

 

Es uno de los emigrantes que han disfrutado de la victoria de “su equipo”, enarbolando sin pudor la bandera de España. Viéndolos, he rememorado a  aquellos cientos de compatriotas que visitamos durante años en Suiza y Bélgica. Ellos pertenecían a la primera generación, hoy luchan entre sus deseos de volver a España y la negativa al retorno de sus descendientes que ya viven otra vida. Estos solo quieren asomarse por aquí… de turismo.

 

Son esos muchos, que solo vienen a la fiesta veraniega de la Virgen del pueblo y que el resto del tiempo cantan con Manolo Escobar “España es la mejor” en el bar de “el Malagueño”, en una de las numerosas cuestas de Lieja. Ellos son de aquí, aunque ahora estén allí. Presumen de españoles; mucho más que algunos de nuestros representantes en el Congreso. Cuando juega España enarbolan sus banderas y se sienten otra vez conquistadores. Ellos son mi buena noticia de hoy.

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Un ángel

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EL SEGMENTO DE PLATA

Por Manuel Montes  m.montescleries@telefonica.net

 

Málaga 1 de septiembre de 2016

 

UN ÁNGEL

Reconozco mi ignorancia sobre los ángeles. Me muevo en la nebulosa del recuerdo de unas explicaciones que me dieron cuando niño que tengo en el disco duro pero que no me motivan especialmente.

 

Sin embargo hay otro Ángel, esta vez humano, al que no conozco personalmente, pero cuya obra recojo de vez en cuando en mis escritos. El padre Ángel, un cura asturiano con casi ochenta años que se entretuvo en fundar la Asociación Misioneros para la Paz  que fue galardonada como premio Príncipe de Asturias de la concordia en 1994. También es presidente y fundador de la Asociación Edad Dorado (de gente del segmento de plata, como nosotros).

 

Al padre Ángel le cedieron el pasado año la Iglesia de San Antón en pleno centro del Madrid de la movida. Ni corto ni perezoso la abrió a todo el mundo las 24 horas de cada día, convirtiéndola en un hogar para los necesitados, donde reciben amor y acogida en forma de paz, oración y alimentos.

 

Este verano ha vuelto a sorprenderme. Observó que algunos de sus “feligreses” no conocían la playa o “se les había olvidado”. Entonces pensó en la posibilidad de proporcionarles un corto pero intenso veraneo. El pasado mes de agosto se llevó a 21 de sus feligreses de su parroquia de Chueca a pasar unos días en la playa en Santander. Les proporcionó bañadores y una rebequita “por si refrescaba”. Le pudimos ver en algún reportaje televisivo mientras tomaban un baño quizás por primera vez en su vida.

 

Bien por el padre Ángel. El otro día en una entrevista en la COPE decía que en España se pasa hambre de muchas cosas. Cosas que a nosotros nos parecen sencillas, pero que para algunos son inalcanzables. Llamar por teléfono, usar papel higiénico (sic) o bañarse en una playa.

 

Esas pequeñas cosas que los mayores podemos hacer cada día. Así nos quejaremos menos y viviremos más… felices. El Padre Ángel. Un tipo de ángel que entiendo.

 

 

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La torre

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LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga 29 de agosto de 2016

 

m.montescleries@telefonica.net

 

LA TORRE

 

Desde el primer momento en que pude ver imágenes del terremoto del Lacio italiano me impacto la permanencia de la torre de la iglesia y sus relojes parados.

 

Amatrice es una bella localidad sita en una zona montañosa del centro de Italia, que triplica en verano el número de sus habitantes. Un pueblo muy parecido a muchos de la Axarquía. Hoteles de verano, bares, un restaurante famoso y casas rurales, se llenan durante el estío de cansados habitantes de las grandes urbes que buscan paz y tranquilidad.

 

Pero el centro de Italia –como el sur de España- tiene un suelo inestable. No se que lío con las placas tectónicas, que se empujan más que los diputados, les hacen proclives a terremotos que, aquí no somos japoneses, arrasan viviendas construidas de madera y barro. O de ladrillos vistos y vistosos pero ineficaces. O de escuelas reformadas a base de presupuesto público que se caen como castillos de naipes.

 

El terremoto ha destrozado Amatrice. Lo único que ha aguantado es la torre de la iglesia del pueblo. Con un reloj parado a la misma hora en que se han detenido las vidas de muchos de sus habitantes. No se como, pero en los movimientos sísmicos siempre quedan en pie las torres.

 

 

¿La buena noticia de hoy? Una vez más la solidaridad se pone en marcha. Veo como embarcan bomberos malagueños, con sus perros especializados en búsquedas, rumbo a Italia a dar la talla una vez más. El pueblo asiste consternado a una desesperada búsqueda de supervivientes. La verdadera buena noticia sería que hubiera previsión, no lamentos.

 

El mundo sigue. Los políticos siguen avergonzándonos mientras se dan tortazos en nuestras caras. Continúan salvando su ego mientras presumen de amor al país. El reloj de nuestra democracia se paró demasiado pronto. Los currantes han dejado paso a los mangantes. La historia se repite. Se repiten hasta los terremotos. Pero la torre de la Iglesia latina nos sigue indicando que debemos mirar más hacia arriba y menos a nuestro entorno destruido por la mala leche.