LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES1 de octubre de 2007m.montescleries@telefonica.net LA ALEGRÍA DE VIVIR  Hace años, un suizo (un señor nacido en Suiza, no nos confundamos con un bollo) me contaba las penurias de su vida (en Suiza también hay “tiesos”). Como conclusión, me citaba una frase lapidaria que me parece es lo suficientemente gráfica: todos sus problemas le habían quitado “La joie de vivre”, (más o menos; mi francés no da más de sí). Estas “ganas de vivir” son básicas para cualquiera que haya perdido la salud del cuerpo o del alma. Los médicos dicen que la manera más rápida y eficaz de curarse se cimenta en los deseos del enfermo de subsistir. Esa tan manida frase de “tienes que poner de tu parte” es la base de cualquier terapia. Por desgracia, llevo un año “horribilis”; varias de las personas que me honran con su amistad están pasando “una mala racha de salud”. Por otra parte, es lógico, cuando se pasan los sesenta, se empieza a leer el periódico por las esquelas con temor de ver la propia. Como decía anteriormente, alguno de mis amigos está enfermo y otros han superado el proceso de una de las dos formas factibles. No voy a entrar en detalles. El viernes me llevé una gran alegría. Uno de ellos, superada la enfermedad de una de las dos maneras (curándose), se presentó en una tertulia a la que llevaba meses sin acudir. Los primeros seis meses porque no tenía ganas de vivir, los últimos setenta días porque estaba muy malito. Cuando apareció ante nosotros era un hombre nuevo. Había recuperado “la joie de vivre”, las ganas de vivir; durante cuarenta días- decía- he estado pensando: Vale la pena vivir la vida. Se valora lo poco o lo mucho que se tiene, y, sobre todo, se aprende a ser humilde, a agradecer  lo que hacen los demás por ti”. Decía Alejandro Dumas: “La vida es fascinante, solo hay que mirarla con las gafas correctas”. Antes que reconocer que nuestra vista (o nuestras verdades) se han debilitado, muchos creemos que los periódicos se escriben cada vez con letras más pequeñas o que se nos han quedado cortos los brazos. La solución está en acudir al óptico y cambiar nuestra graduación. De nuestro cuerpo o de nuestra alma. Mi amigo ha cambiado la graduación de las suyas. Cuando queremos presumir de tener muy firmes nuestros criterios, nuestras convicciones, nuestras verdades, nuestros amores y desamores, en una palabra, cuando pensamos que seguimos siendo “el ombligo del mundo” nos vamos quedando ciegos y la vida deja de ser fascinante para convertirse en un martirio. Si nos ponemos las gafas correctas, si nos aceptamos como somos, si empezamos a valorar lo que tenemos, no lo que hemos perdido, lo que ha hecho mi amigo Antonio, recuperaremos, como él ha recuperado, “la joie de vivre”.   

mi buena noticia

23 f, 07

m.montescleries@telefonica.net UN BALÓN DE REGLAMENTO La semana pasada asistí a unas Bodas de Oro; las segundas en este año. Y se celebraban el mismo día, a la misma hora, unas terceras a las que no pude asistir porque no tengo el don de la ubicuidad. Curiosamente se trata en ambos casos de unas Bodas de Oro Sacerdotales. Este año, tres curas amigos míos, cargados de años y de esfuerzos, han proclamado, a quienes les hemos querido oír, que siguen en la brecha a pesar de “la que está cayendo”. Esta vez se trata de Diego Gil Biedma y de Ignacio Mantilla de los Ríos, dos chavales, con más marcha que algunos seminaristas, que en estos días han cumplido medio siglo de servicio a la Iglesia. Se habla mucho del trabajo de los maestros de la posguerra y de su dedicación, en unos años difíciles de parroquias pobres y sin medios materiales. Estos curas del caballo, la vespa y el 600, también pasaron lo suyo atendiendo a pedanías, escuelas rurales y pueblos llenos de hambre y de incertidumbres en aquellos tiempos de depresión económica. Con Diego he convivido más. Él es un cura que casa a mucha gente pero no se casa con nadie. Sus ideas son claras y las defiende a macha-martillo, pero cuando abre la boca… Es un “comunicador evangélico”. Yo he compartido con él experiencias evangélicas, muchos Cursillos de Cristiandad, Cursillos de Cursillos, prematrimoniales… En un hotel de la costa, en un colegio de Ronda, en Almería, En Valencia, en plena transición (por poco acabamos en comisaría), en Roma. En la Catacumba de San Calixto le escuché predicar en “spaninglish”. Con él he vivido miles de anécdotas Es más, en una de esos “viajes apostólicos” le dejé, sin dinero ni documentación, tirado en una gasolinera de una autopista italiana; por supuesto, involuntariamente. Cosas de la VIDA. El cura Diego fue al Seminario en busca de un balón de reglamento. Y de unas porterías de palo y con redes. Y de un campo grande y pintado con tiza. Ya en los años cuarenta, se hacían fichajes. El Señor llegó antes que el Atlético de Madrid, adonde iba a acabar ineludiblemente, le ofreció un contrato indefinido que, hasta ahora, no ha denunciado ninguna de las partes. Es definitivo. Por eso, el viernes sus  feligreses le ofrecieron un magnifico balón nuevecito, para sustituir aquél que le atrajo tanto hace muchos años. Es lo único que ha tenido que renovar, el resto lo tiene como el primer día. Y eso que es un quejica con  mala salud de hierro. Los de Coín están hechos de otra pasta.   Mi compañero de viajes terapéuticos Ignacio, es igual pero distinto, su trayectoria pasa por misiones en Sudamérica y en Nueva York. Este, para ser cura, tuvo que renunciar al balón de reglamento y la buena vida. Que curioso, dos extracciones sociales totalmente distintas y un proceso vital muy parecido. “Los caminos del Señor son inescrutables”. Decía Beaumarcháis, “No mires de donde vienes, sino a donde vas”. Ambos son párrocos en Málaga y en sus Bodas de Oro recibieron un merecido homenaje de sus feligreses, compañeros y amigos. Son dos servidores, de la Palabra y de la gente. Como Pablo ya “han recorrido el camino”, y yo he tenido la suerte de acompañarles.      

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES

UNA SONRISA Y UNA ROSA El titulo de esta columna puede inducir a error a los lectores. Puede parecer una reflexión cursi y sin embargo se trata de una triste buena noticia. El fallecimiento de una extraordinaria mujer. Lo que sucede, es que su protagonista, una viuda con muchos años, genera buenas noticias hasta en la hora de su muerte. El 21 de Diciembre de 2005 este humilde servidor publicaba una columna que nominaba “El óbolo de la viuda”. En dicho artículo comentaba como en cada ocasión en que se necesitaba reunir algún dinero para los necesitados, el primer billete, para sonrojo y ejemplo de los que nos cuesta rascarnos el bolsillo, salía del pañolillo de una viuda que vivía humildemente y que surtía su vestuario de unas “boutiques” muy especiales. María Tapia nos ha dejado. Su ciclo Vida-Muerte-Vida, ha iniciado su tercera etapa; la esperanza de los creyentes. Ha muerto como ha vivido, callada y discretamente, amando, aceptando y perdonando. Donde quiera que ha estado; en su Coín natal, desde el Movimiento de Cursillos, desde el Voluntariado de Prisiones, desde su Capilla de lo Cea, del Buen Pastor, de San Ramón Nonato… Desde su cama del hospital, en el que ha estado entrando y saliendo durante los últimos años. Convertía una habitación fría y poco agradable en un apartamento VIP para aquellos enfermos que tenían la suerte de compartirla. Sus palabras de consuelo, de ánimo y de acertados consejos les hacían salir mejorados en su cuerpo y, sobre todo, en su espíritu. Decía Julián Marías: “Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una sola carta, sin restricciones, sin reservas”. Así era María, jugó su baza y ha ganado. Cuando he ido a despedirme de ella al cementerio me ha dado dos regalos; una sonrisa, en una cara sin arrugas y de una paz extraordinaria, y una rosa, la que me ha dado su hijo mientras me decía: Es de nuestro jardín. Mi madre la guardaba para ti.

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga, 10 de septiembre de 2007

LA VALENTÍA DE UNA MADRE

        En alguna otra ocasión he comentado a mis queridos lectores las dificultades que entraña en estos tiempos (y en cualquiera otros, estimo yo) el ser padres. Los poco duchos en la materia, estiman que el problema que se suscita con la paternidad, es de carácter económico. Y están totalmente equivocados; posiblemente basen esta apreciación en un ancestral sentido de la prole. Tener hijos en la sociedad rural era signo de riqueza por la aportación de brazos para trabajar a “bajo costo”. Ahora, que nos movemos en una sociedad egoísta, el tener hijos, no reporta ninguna recompensa económica. Por lo tanto, se ha perdido una de las motivaciones para ser padres, Dejemos a un lado el “premio” de nuestro gobierno por tener un hijo. Esta pedrea se gasta en  los primeros pañales. El concepto económico no es el primordial para ser padres.

          Los hijos se tienen bajo otros criterios. Hay quien los tiene porque “toca”: otros porque realmente los desean; y muchos, ni siquiera se plantean el porqué. Felizmente hay quien los considera un don de Dios. Un fruto del amor. El mejor ejemplo de lo anteriormente citado, lo podemos ver en lo que para mi es la BUENA NOTICIA DE HOY. Una mujer malagueña, Mª José Fernández, ha puesto en peligro su vida a fin de salvar la de su hija sometiéndose a una delicada operación. Sus motivos “me plantearon abortar; pero lo descarté inmediatamente, porque soy católica”. Ole sus narices. Ya tenía otro hijo. Pero esta niña, como todas, era única e irrepetible. Mientras, otras noticias vuelan por las redacciones con las aventuras y desventuras de algún  hijo de famosos, cuya última “gracieta” ha sido llevar a su novia a abortar, con sus correspondientes reportajes y fotos “robados”. ¡Vaya diferencia!            La carrera de padres es muy difícil. Nos suspenden en junio y en septiembre, pero tenemos que repetir hasta que “progresemos adecuadamente”. Decía Jardiel Poncela: “Por severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre”. Totalmente cierto; ahí está la dificultad de ser padres. Acertar y aceptar. Nos tiramos media vida siendo juzgados por nuestros padres y la otra media por nuestros hijos.           El político americano del siglo XIX, William H. Carter daba un excelente consejo: “solamente podemos aspirar a dejar dos legados duraderos a nuestros hijos; uno, raíces; y el otro, alas”. Precisamente ahora, cuando este transmisor de buenas noticias no pasa por su mejor etapa, la vivencia de esta maravillosa mujer me ha permitido esbozar una sonrisa en medio de la tristeza. Tener hijos es una maravilla. Una dulce, triste, dolorosa, esperanzadora, jamás compensada, ni falta que nos hace… aventura vital. Ser padre es sentirse orgulloso de legar esperanza al mundo. ¡Qué buena noticia! Esa niña ya no tiene espina bífida. La ha curado el valor de una madre extraordinaria. Y la ciencia de unos médicos que creen en la Vida. 

         

  

                                         

   

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga  3 de Septiembre de 2007

UN MÉDICO CON TALENTO

  

No se ha hablado de otra cosa durante esta semana que del fallecimiento de un joven futbolista del Sevilla. Este hecho ha trascendido de lo deportivo y lo geográfico, y su, a mi parecer, excesivamente detallado desenlace ha inundado la prensa y la televisión. El que hayan sucedido los hechos en pleno partido de fútbol ante las cámaras en directo un día de máxima audiencia, ha ayudado a maximizar la visión de un accidente gravísimo sufrido por un joven en su trabajo, similar a una cogida de un torero o un accidente de moto, coche o bicicleta de un deportista, que igual da.

 

La noticia se ha “estrujado” por activa y por pasiva. Se ha recurrido a cuantos parientes, amigos, compañeros e “hinchas” podían aportar la más mínima novedad a una vida que, pese a ser  corta, ya estaba llena de anécdotas y de triunfos. Hemos sabido de su próxima paternidad, sus antecedentes bético-sevillistas, de su gran presente en la selección española y, sobre todo, nos han repetido hasta la saciedad su último gol en una final europea.

 

Un médico con talento, y esa es MI BUENA NOTICIA DE HOY, nos ha hablado de una proeza que, como si de un nuevo Cid se tratase, ha realizado después de muerto. Su último gran gol. Los hechos fueron los siguientes: Un médico cardio-vascular ligado a la faceta deportiva  cuyo nombre no pude recoger desgraciadamente, fue preguntado por un entrevistador, con deseos de encontrarle los tres pies al gato, sobre la ubicación del futbolista en estos momentos. El periodista, con cierto “rin-tin-tin”, como diría una neo-presentadora de la tele, aduciendo las firmes convicciones religiosas del médico, intentó dar otra vuelta de tornillo al galeno. La respuesta fue contundente; está en la Gloria, nunca mejor dicho. Su muerte no ha sido en vano. Una ciudad, dividida en dos sectores irreconciliables animados en su “odio” por unos dirigentes irresponsables y propiciado por la prensa sensacionalista, estaba a punto de dar motivo a una situación en la que se iba a pasar de las pintadas y los insultos a los hechos,  posiblemente graves.

 

Decía Víctor Hugo: No hay malas hierbas, ni personas malas. No hay sino malos cultivadores”. Estamos en unos tiempos en los que los “cultivadores” se han empeñado en dividirnos en lo político, en lo religioso, en lo económico, incluso en lo lúdico y deportivo y de la “honrilla” de ser del…, hemos pasado a defender a tal equipo “a muerte”. Las peleas se inician hoy en el Congreso y en los palcos, en los Comités de “ancianos” y de “expertos”, y, desgraciadamente, se transmiten al pueblo llano.

 

Parece ser que se ha hecho cierto el pensamiento del escritor del XIX, Joseph E. Renan: “Los golpes de la adversidad son muy amargos, pero nunca estériles”. Hemos visto abrazarse a los dirigentes del Sevilla y del Betis. Hemos aplaudido cuando le brindaban goles jugadores de su equipo y del contrario. Más a mí quien más me emociona es ese niño que va a nacer. Ese trozo de vida del jugador Antonio Puerta,  un niño que cuando algún día lo pueda entender, espero que alguien le diga: tu padre fue un gran futbolista, pero sobre, todo consiguió que media Sevilla se abrazara con la otra media, que los “béticos y los palanganas” se fundieran en un abrazo, y que por una vez no se miraran con odio los unos a los otros, sino que MIRARAN EN LA MISMA DIRECCIÓN. La del que se ha marchado con el Padre.