LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga, 28 de Julio de 2008

 

                                              m.montescleries@telefonica.net

 

 

YO NO ENTIENDO DE PINTURA

 

 

              Y por consiguiente, me siento incapaz de hacer crítica de pintura ni de pintores. Siento un gran respeto por todo el que coge los pinceles y plasma lo que ve o lo que piensa –o lo que le sugiere la “torta” que haya cogido-. Hay veces que entiendo lo que veo, y otras no soy capaz de determinar si el cuadro esta bien puesto o le han colgado boca abajo.

 

             La obra del afamado pintor Eugenio Chicano, con quien no tengo el gusto de haber dialogado, aunque le conozco de vista –en Málaga nos conocemos casi todos- apenas la he seguido, por eso no la juzgo. Sin embargo tuve la suerte de relacionarme con D. Eugenio Chicano padre en mi paso por el comercio textil. Era un señor educadísimo, serio, amable y con la formalidad de los comerciantes de aquella época. De él, guardo un agradable recuerdo. Del hijo he visto con agrado el techo del Salón de Tronos de la Esperanza y una portada de feria hace años.         

 

              Parece ser que el pintor Chicano colabora con el diario Málaga hoy con esporádicos artículos de opinión. La pasada semana, sin encomendarse a Dios o al diablo –al menos eso espero yo-, se lanzo a escribir de lo que desconoce basándose en alguna lejana experiencia o “algo que le han contado”. En el mismo, larga una serie de “patadas” a diestro y siniestro sobre el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. A mi me enseñaron en la facultad de Ciencias de la Información, que la misma, ha de ser veraz y contrastada.

 

          De Cursillos de Cristiandad si entiendo. Hice el Cursillo en 1970. Los que salen del cursillo, son personas que han vivido el mismo, no son cursillistas. Intentan ser cristianos, lo que es  muy difícil. El cursillo de Cristiandad ayuda a ser cristiano. De igual forma que un curso de pintura ayuda a ser mejor pintor. La palabra cursillista hace muchos años que no se usa.  Después del 70, me incorporé a la Escuela de Dirigentes de Cursillos para echar una mano. Y ahí sigo. He participado de más de 120 cursillos. He sido responsable de dicha Escuela de Dirigentes, Presidente del Movimiento en Málaga, Rector de un montón de ellos y Coordinador de otros tantos. Y os juro que jamás he visto un silicio, ni escuchado hablar de ellos en nuestras actividades. No he tenido director espiritual fijo ni se lo he recomendado a nadie. Sigo siendo un “petardo” pero soy “casi feliz” y he ayudado a muchos a encontrarse con la “búsqueda del inicio del camino de la felicidad”, que pasa por el conocimiento y la aplicación a nuestra vida del evangelio de Jesús. De secta ni sectarios nada. De muchos trabajos al servicio de los demás, todo.

 

           Siento mucho decirlo, pero el Sr. Chicano se ha columpiado. No tiene ni puñetera idea del Movimiento de Cursillos. Su osadía le ha gastado una mala pasada. Pero hay que tener cuidado, esas cosas hacen daño, sobre todo si no son verdad. El Cursillo de Cristiandad se basa en la libertad y en su búsqueda. El resto, que cada uno haga lo que quiera. Efectivamente alguno se ha sentido pecador y lo ha dicho públicamente pero sin especificar “peso y contenido”, y se ha quedado como nuevo. Pero la gran mayoría, se ha encontrado consigo mismo, con Dios y con el mundo. Esa es mi Buena Noticia de hoy. El cursillo de Cristiandad es un hermoso cuadro en el que se plasma el Amor que Dios nos tiene. Y si alguien quiere más explicaciones… aquí estoy yo. De pintura… ni idea.

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a las barricadas

19 f, 08

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

m.montescleries@telefonica.net

 

                  

                     NOS TIENEN COPADOS

 

           Hay veces que me siento rodeado y amenazado. La economía, la situación política, la globalización, el cambio climático… la mala leche en general, me crean una sensación de angustia y de miedo al futuro que me ponen al borde de la depresión. Pero pienso… y respiro.

 

          Sin embargo, si miro hacia atrás viendo la película de mi vida, encuentro  situaciones mucho peores que la presente. Casi todas. Mis padres difícilmente podían pagarme los estudios, vivíamos en un piso alquilado, no teníamos coche y veraneábamos de aquella manera. Pero éramos felices porque aceptábamos nuestras posibilidades y esperábamos un mundo mejor. No estaba cuestionada la familia y parecía lógico estar casado siempre con la misma o el mismo, tener hijos y preocuparse por ellos, ganar el pan con el sudor de nuestra frente (no del de enfrente), cuidar y respetar a nuestros mayores y creer en Dios.

 

          Si comparamos el panorama anterior con el actual, no tenemos motivos suficientes para quejarnos. Creo que tenemos que asumir los vaivenes de la humanidad, así como saber perder alguna batalla en la guerra de la vida. Una contienda, que con solo ver amanecer cada día, está ganada de sobra. Todo lo demás, es consecuencia de que nos hemos convertido en unos “quejicas”.

 

         Los políticos no saben a que carta quedarse. Con sus cambios de rumbo nos traen locos. Lo que ayer era desaceleración, hoy es: “la situación más compleja que hemos vivido nunca” según dice Solbes. Pero lo importante, parece ser que es quitar signos cristianos de en medio. Molestan los crucifijos, las biblias y los funerales.

 

        Pero la sociedad no es tonta. Piensa y valora. Los que mandan dicen cosas, y el pueblo hace lo que le da la gana. Por mucho que intenten ocultar los signos de la fe, el corazón de los hombres y mujeres de buena voluntad, que son la mayoría, hace aflorar los mejores sentimientos de cada uno, acumulados genética y experimentalmente.

 

       La devoción a la Virgen del Carmen es uno de ellos. Mediado el mes de Julio, cada año, la población costera, y buena parte de la del interior, se moviliza alrededor de una imagen de la Virgen con un Niño Jesús en brazos. El modelo que representa se parece al que guardamos en  la mente de nuestra propia madre, a la que nos gusta rememorar con unos escasos treinta años, guapa y fuerte, con un hermoso pelo negro y un aspecto de reina. Esa misma apariencia tienen todas las imágenes de la Virgen del Carmen que se pasean por las playas y los puertos de toda España. El de esa Virgencita que hay a la entrada de cualquier embarcación que se precie que navega por nuestros mares. Siempre está en primera línea, en un lugar en el que permanentemente brilla una lucecita. Se pueden parar motores, se pueden apagar calderas y cocinas. Pero la Virgen del Carmen esta constantemente iluminada. ¡A ver que “intelectual” tiene narices de decirles a los marinos que esto es una superstición o un invento de los curas!

 

              Mi buena noticia de hoy la baso en mi vivencia del miércoles pasado. Una vez más, como todos los años de mi vida, he acompañado a la Virgen del Carmen en su singladura por las costas del Rincón. De nuevo le llevé recados de mi gente. De parte mi tía Carmen, muy anciana, ciega y casi sorda. De mi amigo Rafa, con un ictus y una operación “de caballo” que le ha salvado la vida milagrosamente.  De mi hija Anapi, a la que “sacó” de una peritonitis “envenenada” hace siete u ocho años. De aquellos motoristas que se  estrellaron contra mi coche aquél verano y a los que no les pasó nada. Y del “García Pérez”, que dice en su columna que nadie se acuerda de él. Yo no puedo olvidar jamás a mi padre en la fe, los cientos de personas que ha evangelizado tampoco, y la Virgen de su medallita que besa con fruición, menos.

 

            No tengamos miedo. Nos tienen “casi” copados. Pero el hilo del escapulario nos sirve como maroma para izarnos a pulso en el mar de incomprensión y de locura que nos rodea. La “Carmelano nos abandona. Y los marengos lo saben. La “Estrella de los mares” los guía en su singladura y les indica y nos señala el camino de la felicidad. Nos tienen casi copados. Pero la Verdad prevalecerá en el corazón de los sencillos.

m.montescleries@telefonica.net

 

MO NJAS Y MONJITAS

 

                En el lenguaje coloquial es muy corriente utilizar la palabra monjita para designar de forma cariñosa a esos seres anónimos envueltos en unos hábitos oscuros de los que emerge una toca de más o menos vuelos. Normalmente su trabajo consiste primordialmente en la oración y subsidiariamente en el servicio a los niños, los ancianitos, la enseñanza o el acompañamiento de los enfermos. Mis amigas, las Carmelitas de San Fernando, son ejemplo de oración y trabajo que da sus frutos en muchos de los que dependemos espiritualmente de ellas.

 

               Hay otro tipo de religiosas a las que yo denomino monjas. Es más, las califico como “monjas de escopeta y perro”, (las denomino así haciendo uso del calificativo empleado por mi viejo amigo Cristóbal –un defensor y cuidador a ultranza del lenguaje de las tierras de Yunquera-. Según él, una persona de escopeta y perro es aquella que viste su cargo con dignidad y se gana el aprecio y respeto de cuantos le rodean). Llevan sus hábitos, sus buenos hábitos, por dentro. No llevan toca, están tocadas por la gracia de Dios.

 

              Estas mujeres están dotadas de una fuerza especial, un carisma que les permite afrontar toda clase de dificultades sin amilanarse y un sentido práctico que las hace útiles y eficaces. Es más, por donde pasan, –digo pasan porque otra de sus peculiaridades es que jamás se eternizan en el puesto que ocupan, normalmente, la necesidad de resolver otro problema o la envidia de quien  no es capaz de seguirle la estela-, nos dejan una sensación de orfandad a todos los que las tratamos y recibimos su maravillosa influencia.

 

            De la primera de las monjas de estas características que me tropecé, ya hace más de 40 años, solo recuerdo su apodo. Jamás supe su nombre. Entre el mundillo que rodeaba el centro de donaciones de sangre del Hospital Civil era conocida por “Sor Drácula”. Aquello funcionaba como un reloj. Una media sonrisa acompañaba su actividad que hacía ponerse a todo el mundo más derecho que una vela. Posteriormente crearon un gran centro de donaciones, infinitamente más provisto de personal y de medios, pero nunca fue lo mismo.

 

             A mediados de los 90, conocí a una monja española que nos acogió en su convento de Bruselas. Mientras compartíamos unos chupitos de Larios, en una fría noche, a ocho grados bajo cero, nos contaba a los cinco españoles ateridos que la rodeábamos, su experiencia como misionera en el Congo ex–belga. Su lucha con las maquinas de coser, con el sida, con sus superioras romanas y consigo misma.

 

         El año pasado conocí  a otra de esas mujeres, vestida con pantalones y siempre peinada sencillamente, pero con mucho estilo. Una monja ursulina. Solo este nombre suena peyorativo por aquello de la canción de las monjas que te llevan de excursión. Sin embargo, nada de eso. Esta comunidad ha optado en Málaga por los más pobres y sencillos. Su casa, inmersa en la Palma-Palmilla, les permite vivir en primer plano su vocación por los pobres. Mari Ángeles, que así se llama nuestra monja, es vasca, tiene apellidos de rancio abolengo, ganados a pulso en mil batallas por la defensa de sus compatriotas, reaños para organizar y mantener Caritas en dos parroquias y humildad para olvidarse de todo eso y aceptar que su papel en la vida es servir.

 

          Ella no se puede imaginar cuanto nos ha ayudado y ha iluminado nuestro trabajo en la creación del “Biberódromo”. Cuanto nos ha animado en los momentos de crisis y decaimiento. Cómo me emocionó cuando salió en defensa de sus vecinos de la Palmilla cuando fueron atacados por un programa de televisión. Y todo eso acompañado de la sonrisa. La eterna sonrisa. -Nos han robado dos veces esta semana- me decía sonriendo.

 

         Un correo electrónico suyo me ha dejado frío. “Me voy la semana que viene”. ¡Qué suerte van a tener aquellos que te reciban¡ Yo le doy gracias a Dios por haberte tenido cerca en un año muy importante. Estoy seguro que aun tendré oportunidad de disfrutar de la amistad de monjas como tú. Hay más de las que nos creemos. Monjas que no necesitan parir para ser madres. No precisan convivir con un hombre para amar sin medida. No tienen que ser ordenadas sacerdotisas para ser evangelizadoras, puente entre Dios y los hombres, sal y luz en la tierra.

      

              María de los Ángeles, la monja ursulina, es una BUENA NOTICIA. Una monja de “escopeta y perro”.

Una de corbatas

6 f, 08

 

CON LA SOGA AL CUELLO

 

             Los políticos, que no tienen otra cosa mejor que hacer, velan por nosotros. Durante la pasada semana han planteado el grave problema del si o no a la corbata. Esa maldita prolongación de la lengua, que tanto nos ha hecho sufrir a los “pescaitos fritos” de mi promoción. La susodicha prenda tiene sus días contados.

 

               Supongo que a los soldados croatas que visitaron a Luis XIV, no se les pasó por la imaginación que, siglos después, se iba a crear una polémica en el Congreso de los Diputados español sobre la conveniencia o no de su uso. Mas anchas, más estrechas; más cortas, mas largas; lisas, estampadas, a rayas, a lunares; con fotos y serigrafías, con nudos de todas clases; palomitas y corbatines; las que sean, todas tienen muy mala prensa y la mayoría de los jóvenes las odian hasta el punto de jamás aprender a hacerse el nudo.

 

             Mi generación ha sido de corbata. Sin un duro, pero encorbatados. Corbatas heredadas de nuestros mayores (aun recuerdo una con el nudo hecho que heredé de mi tío Fermín), o compradas en la Alameda a unos probos comerciantes que las exhibían en el brazo derecho. Por lo que nunca pasamos, fue por la palomita. Este era un signo de snobismo. Clases en el mes de Junio, en la vieja Escuela de Comercio de calle Beatas, bajo la tortura de la chaqueta y la corbata. Bailes y guateques dominicales encorbatados, etc., etc.

 

           La profesión también exigía corbata. Los probos comerciantes, dependientes, representantes y viajantes del gremio textil, hemos sufrido años de tortura corbateril. A principios de los 70 intentamos un conato de liberalización con las “Cubanas”. Unas camisas sueltas de manga larga, colores claros y muchos bolsillos, que algunos políticos caribeños pusieron de moda, importaron los taurinos y creo un oasis de respiro para muchos de nosotros.

 

           Cierto día de Julio, un comerciante estirado de la Plaza de la Constitución (por otra parte un caballero y un gran amigo mío), me espetó: -A donde vas descamisado. Yo estoy con chaqueta y corbata y tu tienes que visitarme de la misma forma-. Quizás por el descaro de los pocos años le contesté: -Vd. está en su despacho con aire acondicionado, pero yo vengo de mi coche cargado con dos maletas-. Me miró fulminantemente, pero la conquista del cuello abierto había dado un gran paso. Hoy, te reciben en camiseta y se les visita en pantalón corto. Son otros tiempos.

 

          La buena noticia de hoy, o por lo menos eso espero, es las consecuencias del quitarse la corbata los políticos. Espero que sea la premonición de que en un futuro próximo nos van a quitar la soga económica del cuello a los sufridos ciudadanos. Que se va a contener la “desaceleración”, y que el crecimiento… negativo del empleo se va a dar la vuelta y se va a convertir en descenso del paro. Y que las obras de enfrente de mi casa las van a terminar de una vez por todas. Que llevan dos años con un solo albañil.

 

        El poeta libanés Khalil Gibran escribía: “En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente”. Yo no pierdo la esperanza. Siempre “que ha llovío… ha escampío”, dicen mis colegas de dominó. Eso espero. El síndrome de la corbata nos traerá tiempos mejores. Lo prometo. Y no lo juro, porque ya no se puede. Aunque yo prefiero una corbata de seda a una de cáñamo.