LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga 31 de agosto de 2009

m.montescleries@telefonica.net

 

 

 

 

UN CABALLO DE CARTÓN Y UNA SONRISA

 

-Una imagen me ha vuelto hacia atrás sesenta años-

 

         No me gusta esta feria de Málaga. Ni la de día ni la de noche. Posiblemente me he hecho mayor. Pero pienso que el gusto no se pierde con la edad. He vivido todas las ferias de Agosto en Málaga desde Martiricos hasta el Cortijo de Torres. He disfrutado y hasta ¡actuado! en ellas. Sin dudar, me quedo con la del parque. La del concejal “Jiménez Noches”. La de Ordóñez y Dominguín . A la que se iba andando.

 

          Después vino el peregrinar hacia el oeste malagueño de la feria. Más tarde,  lo de la feria de día, que empezó muy bien con las copitas que servían los comerciantes a los clientes y amigos. Posteriormente,  se comenzó a liar con los caballos por el centro y se ha terminado  fastidiando con el macrobotellón “full time”. Las bellas calles de Málaga se han transformado en una especie de festival de Woodstock, en el que proliferan camisetas sudadas, chanclas, pantalones cortos y la nada por vestimenta.

 

        La feria de noche ha crecido algo mejor. Los espacios son amplios, las calles están limpias, las atracciones son extraordinarias y las casetas se esfuerzan en ofrecer espectáculos y alimentos de forma adecuada. Es más, la nueva elite malagueña se esfuerza en aparecer en las fotos de Sur tomadas en “La Rotativa”. Parece que no eres nadie si no sales varias veces en la semana. Pero, ay, siempre hay un pero: la “nueva educación” va creando adeptos. Bermudas, camisetas, descamisaos, botellones en las aceras, peleas, despliegues policiales, detenidos… todo eso me rodeó la otra tarde-noche en tres horas de feria Estoy hecho un “reventaor”. De verdad que lo siento.

 

              Pero siempre hay una buena noticia. Como tantas veces nace de la sencillez, la humildad y la inocencia. Sigue viniendo el fotógrafo sordomudo cordobés con su caballo de cartón. Y continúa haciéndonos, a toda la familia,  la tradicional foto de los últimos 38 años. El más pequeño en el caballo, ¡el mismo jaco de lunares de siempre!, y el resto, (ya somos casi treinta) alrededor, en la casetilla; con dos guitarras, un par de sillas de anea y la tradicional botella vacía de Tío-Pepe. Una imagen que me trajo un viejo recuerdo.  La misma foto que me hice con mi padre y mi hermana hace sesenta años, (que conservo con veneración), provisto de una garrota y un sombrero cordobés, a mis cuatro añitos. De “durse”.

 

        La buena noticia también me la proporcionó un chico diferente. De unos dieciséis años. Se encontraba cerca de una tómbola de la mano de su madre que, distraída, estaba pendiente de las papeletas adquiridas. Me enseñaba con ilusión un florero de cerámica, horroroso por cierto, que le acababa de tocar.  Pedía mi complicidad. Me sonreí y me reí con él. Me lo puso más cerca para que lo admirara. La madre en ese momento notó algo raro y se volvió airada temiendo que me estuviera burlando de su hijo. Entendió lo sucedido y me agradeció el gesto con un guiño.

 

        Pares y nones de la feria. Al final siempre vale la pena. Aunque una sociedad teledirigida e hipócrita que persigue con saña a los fumadores, (a mí me fulminaron con la mirada cuando encendí un puro ante una magistral faena de Ponce en la Malagueta) y vuelve la cara ante la proliferación de la ingesta de alcohol entre adolescentes, jóvenes y menos jóvenes. Vale la pena porque siempre habrá un caballo de cartón para que todos nos hagamos como niños y una tómbola que premie con un jarrón horrible a un niño distinto que se sienta en ese momento el más afortunado del mundo.  Y los del turrón siguen sin vender una escoba. Que constancia.

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga 24 de agosto de 2009

m.montescleries@telefonica.net 

UN HOMBRE CORRIENTE

 -Soy creyente a mi estilo. Hace poco exclamé ¡Ay Dios mío!…-

 

       Esta frase fue la que más me impactó de la conversación que mantuve la otra mañana con el Sr. Juan. Desde que lo vi, ya hace varios años arrastrar, con cortos pero veloces pasos, el carrito de la compra del supermercado mientras acompañaba a su esposa; cuando le vi convertirse en un improvisado camarero para echar una mano en el centro de mayores; cuando se ofrecía para traer “provisiones” del estanco cercano; desde que le observé a fondo, intuí que se trataba de un pequeño gran hombre.

 

        Juan es una reedición del malogrado actor Alfonso del Real. Solo que ha nacido 20 años después. Vino al mundo en Extremadura en un parto doble, realizó su primer viaje en busca del futuro debajo del asiento de uno de aquellos trenes de madera y carbonilla. Una vida de trabajo y pobreza digna, le embarcó junto a una malagueña, la que todavía comparte su existencia, a una aventura londinense que duró el resto de su vida laboral. Un montón de años en una empresa de preparación de conservas vegetales, compaginada con la regencia de una portería (del estilo de la serie británica “arriba y abajo”) le permitió criar y dar estudios a dos hijos “british” que han llevado una vida mucho más confortable que la suya.  Mientras, su hermano gemelo, triunfaba como cocinero en un gran hotel londinense.

 

      Como tantos otros españoles su trabajo y dedicación le ha permitido acceder a una pequeña fortunita. Un piso en Málaga. Una casita en la costa malagueña y unos fondos en “algún lugar” que le han permitido casar a sus hijos, uno de ellos en ¡Australia! con la consiguiente aventura viajera. Hoy por hoy: a vivir de las rentas y de una bien cimentada jubilación.

 

        Otro español más que tuvo que dejar familia y país para correr la aventura de los nuevos horizontes. Estoy seguro que Juan, como buen extremeño, se habría embarcado en los siglos XV y XVI rumbo a las Américas. Y habría triunfado. Porque Juan ha pesar de los años en el extranjero sigue siendo español por los cuatro costados. El respeto y la educación, mamados en la cuna, le hace ser humilde y servicial, mantiene las distancias adecuadas desde el tratamiento de Vd. a jóvenes y a mayores. Un ejemplo para todos.

 

          En esta buena noticia de hoy, he querido rendir un homenaje a tantos hombres de la generación de la posguerra que han tenido que “bailar con la etapa mas fea” de las últimas generaciones”. JUAN PÉREZ ALGABA y su esposa DORA, son personas admirables y admiradas, respetables y respetadas.

Un remanso de paz entre tanto “Friki”, “merdellón” y “chusmeta” que son objeto de culto y veneración por los medios de difusión en nuestros días.

 

              El Sr. Juan, mantuvo una larga conversación conmigo desde la distancia pero con amabilidad. Se fue “viniendo arriba” poco a poco pero manteniendo el tipo. Solo se quebró su voz en un momento cuando mencionó una reciente enfermedad de su esposa. -¿Qué voy a hacer yo solo?- me decía con voz trémula. En ese momento le pregunté por sus creencias y me dijo. –Claro que creo en Dios, en el momento que mi mujer estaba ingresada recurrí a El. Entonces proclame: ¡Ay Dios mío!- que yo traduzco. ¡Hay Dios, que es mi última esperanza! Y la mía, y la de todos.  Buen tipo el tal Juanito.

 

          Hoy he escrito de Juan, otros lo hacen de Belén Esteban y Jaime Ostos. Hay gente “pa tó”.

 

  

 

 

 

 

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga 10 de agosto de 2009

m.montescleries@telefonica.net

 

LA BUENA, BUENA… NOTICIA.

 

   “El rencor simplemente es una máscara, muestra tu rostro y volverás a ser razonable”.- DORADO ETIEM

 

       Me contaba mi padre que en los primeros años de la posguerra había dificultades para poderse tomar un buen café. Primero, porque no había dinero y segundo, porque no había café. En la competencia por captar los clientes, un avispado hostelero colocó en la tablilla de precios cuatro cotizaciones en orden creciente: café, café-café, café-café-café y café por la gloria de mi madre.

 

       Del mismo modo sucede con las buenas noticias. Llevo más de cuatro años publicando, cuando menos, una buena noticia a la semana. Hagan cuentas. Con más o menos talento y éxito he intentado poner una nota de paz y esperanza en mis lectores. No se si lo he conseguido. Pero me he dado el gustazo de encontrar siempre la botella medio llena. Pero hoy les voy a comentar LA BUENA NOTICIA. La auténtica. La de caoba.

 

       Los que me conocen saben que tengo episodios en mi vida en los que “las paso canutas”. Unas veces lo escribo y, por consiguiente lo sabe todo el mundo, y, otras, lo intuyen los que me conocen bien, y… lo sabe todo el mundo. Inconvenientes de ser transparente. El fin de semana pasado fue terrible. Una vez más, la noche oscura cayó sobre mí, produciéndome una sensación de vacío rayana en la desesperación.

 

     Un gran poeta, amigo y compañero de medio de comunicación, ha gestado en el último mes tres columnas en la que juega con los conceptos misa, mar y eucaristía. Ha hecho encaje de bolillos con los conceptos, preciosos por cierto, y ha creado una nueva religión que ha llenado sus sentimientos.

 

     Yo soy menos original. Sigo basando mi fe en mi capacidad de aceptar mis dudas y sigo aceptando el Credo del alfa a la omega. Por eso recurro, cuando lo necesito, a la soledad del templo o a la acogedora compañía de la comunidad en la Eucaristía. El pasado domingo lleno de ira y sentimientos negativos, deseos de “devolverla” y mucha mala leche, me tropiezo con la carta de Pablo a los Efesios que me dice: Que desaparezca de entre ustedes toda agresividad, rencor, ira, indignación, injurias y toda clase de maldad. Sean más bien bondadosos y compasivos los unos con los otros, y perdónense mutuamente, como Dios los ha perdonado por medio de Cristo”.

 

         Me pasé el resto de la Eucaristía sin saber ni donde estaba. Me apeé de mi burro y me encontré de nuevo con la BUENA NOTICIA de verdad. La que a mí me libera y me permite despojarme del rencor y la mala leche. La del Hijo de Dios y hermano mío que también ha recogido el amigo Pablo. Con lo pesado que se estaba poniendo este año en que le homenajeamos, el mejor teólogo del cristianismo, me ha puesto las pilas de nuevo.

 

          El rencor es nuestro verdugo. El rencor significa “resentimiento, estar resentido o dolido con alguien por alguna razón”. Esto afecta nuestra vida porque trae sentimientos de infelicididad y hostilidad que enferman nuestra alma. El perdón es una expresión hermosa y sublime. Viene de una raíz griega que significa alterar o cambiar, o sea, que el perdón me da derecho a cambiar y alterar cualquier situación que me permita cancelar la deuda de otra persona conmigo.

 

         Como siempre, la Buena Noticia, la palabra de Dios, me ha traído la paz. La segunda parte de esta reflexión ha llegado en el “correo evangélico” de esta semana. ¿Cuantas veces hay que perdonar. Setenta veces siete. O sea “una jartá”.

 

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga 10 de agosto de 2009

m.montescleries@telefonica.net

 

EL GAZPACHUELO

  

       Dicen que los jóvenes tienen que vivir para sus proyectos y los mayores tenemos que vivir de los recuerdos. Efectivamente, no hay nada más placentero que evocar aquellos momentos en que te sentiste feliz. A veces el recuerdo suaviza las aristas y limpia de adherencias perniciosas lo recuperado en la imaginación. Tan solo hay que ponerse a hablar de la mili o de los estudios, para que acuda a tu mente un torrente de buenos momentos, que, en su día, no lo fueron tanto.

       Mi buena noticia de hoy, como casi siempre es muy sencilla. He recuperado el gazpachuelo. Un buen amigo me indicó que los miércoles ponen gazpachuelo en un restaurante cercano. Inmediatamente mis papilas gustativas, y sobre todo, mi imaginación, se echaron a volar, La escena de mi madre cincuentona, pegada al poyete de la cocina, sentada en una silla de anea, instrumentando una mayonesa con aceite que vertía desde la cáscara del huevo, mientras en el plato se realizaba el milagro de la aparición de una salsa creciente y cremosa, la posterior transformación dentro del cazo de una maravilla en forma de gazpachuelo con tropezones de gambas y de clara cuajada… Todo ello pasó en un instante por mi mente. No creía que aquello se repitiera. Pero al final… los miércoles, milagro.

 

       El gazpachuelo de La Candelaria es glorioso. Se de muchos adictos que acuden cada semana en su busqueda. Muchos sibaritas forjados en esplendidos restaurantes se rinden al humilde cuenco que te ofrecen en dicho mesón. A mi me ha hecho recordar dos gazpachos que también se encuentran en los anales de mis papilas gustativas.  Se los voy a comentar a continuación.

 

     El primero lo tomé en Almansa. Me invitaron a comer a un restaurante llamado “El Pincelín”. Nos ofrecieron unas entradas y un gazpacho. Yo, tan pánfilo como siempre pensé “nos van a arreglar con un gazpachito”. Nos sacaron una torta como una plaza de toros sobre la que volcaron una perola llena de carne de caza de varios tipos, verduras, pescado, de todo. Nos pusimos de grana y oro.

 

      El último, lo tomé en Antequera. Mi comadre tiró de dornillo, maja y cuchara de madera y nos hizo un gazpacho “a juerza pan”. Glorioso. Por cierto mi comadre adereza su gazpachuelo con patatas fritas paja. Sublime.

 

      Decididamente: barriga llena a Dios alaba. Dios se lo pague a Dios.

El nuevo rico

2 f, 09

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

Málaga 3 de agosto de 2009

m.montescleries@telefonica.net

 

DON FAJARDO Y YO

  

        Al el paraíso donde disfruto el verano llegan los modos y las modas con cierto retraso. La costa oriental de Málaga sigue anclada en el pasado en muchos aspectos. Les pasa como a algunos políticos montaraces que siguen aferrados a sus “rojeríos” o “facheríos” como si estuviésemos a mediados del siglo XX. Sin ir más lejos, el pasado lunes, en una tertulia televisiva en la que me soportan, un señor mayor añoraba el que no se hubiese realizado una “limpieza” a tiros en el retorno a la democracia.  Las puñeteras dos Españas.

 

       En mi zona de influencia, la discriminación es menos traumática. Llevo pasando mis veranos en el Rincón de la Victoria desde que nací. Es más, pretendo vivir todo el año aquí en cuanto me dejen. Pero desde que tengo uso de razón llevo escuchando la palabra “señorito” con un fondo de resentimiento. Una mezcla de desprecio y de envidia agravada por la penuria de los tiempos y la aparente bonanza económica del veraneante.

 

       Gracias a Dios y a las inmobiliarias, los papeles se han trocado. Las pobres huertas que apenas daban para malvivir se han convertido en solares de precios millonarios que han llenado las familias de buenos coches y viajes a Cancún con algún que otro divorcio sonado. Pero en los viejos tiempos, en aquellos en que había que estar en el campo, echar el copo y, los más afortunados, trabajar en la fábrica de la “porla”, había personas que cogían el rábano por las hojas y se pensaban que venir algún que otro domingo a comer a la playa, o tener un amigo que alquilaba una casita le convertía a uno en veraneante y por extensión en “señorito”.

 

          Durante una de mis “lecciones magistrales” de dominó, me contaron la anécdota de un zapatero remendón malagueño, que por venir de vez en cuando a la playa se consideraba un veraneante. Cierta mañana al acceder al hogar del jubilado para formar las correspondientes partidas, a la pregunta sobre la identidad de los jugadores, contestó: solo hemos llegado dos señoritos, Don Fajardo y yo. Al desconocer el nombre de pila del Sr. Fajardo (veraneante con papeles) le aplicó el Don al apellido del interfecto, como si de un capo mafioso se tratara. El zapatero se había auto clasificado como “señorito”.

 

         Salvando las distancias, seguimos anclados en una sociedad basada en el dinero, el poder o el prestigio. Una categoría ficticia que provoca división y recelos. Basada en el tener, no en el ser. Del puente “pallá” o del puente “pacá”. De los míos o de los otros. De izquierdas o de derechas. Del Barça o del Madrid. De Ponce o de Tomás. Y los mentores de la patria se empeñan en magnificar las diferencias que nos enfrentan. Fichajes millonarios y cada día más parados. Duchas de champán y guetos de pobreza.

 

         Mi buena noticia de hoy la quiero compartir con vosotros. Se pueden romper barreras. Creo haberlo conseguido. La gente no sabe de que tendencia política soy, me llaman Manolo, me tuteo con el Alcalde y con mis gitanos de la Cruz Verde, entiendo a los cristianos y a los que no lo son. Todos tenemos nuestra parte de verdad que tenemos que compartir. Así, empiezo a intuir la búsqueda del inicio del camino de la felicidad. Decía Einstein:”Intenta no volverte un hombre de éxito, sino volverte un hombre de valor”.

 

         El valor y la categoría no se pregonan, el desprecio a los demás es síntoma de inmadurez, acerquemos posturas para encontrar la verdad. No seamos María Antonia Iglesias, Rodriguez, Rojo o Sopena. Saben tanto que jamás aprenderán nada.