Escuchar, no oir

18 f, 11

LA BUENA NOTICIADEMANUEL MONTESCLERIES

                      

                  Málaga 19 de Septiembre de 2011

                          m.montescleries@telefonica.net

 

ESCUCHAR

 

        A medida que maduramos vamos percibiendo con más claridad la diferencia que hay entre oír y escuchar. La mayoría de las personas lo consideran un sinónimo porque piensan que es lo mismo: utilizar el sentido del oído. Cuando se trata de describir la relación que hay entre el emisor del sonido o voz y el receptor de los mismos, se denomina de forma gradual: estoy oyendo, estoy oyendo con atención, estoy escuchando.

 

      Nos encontramos en un mundo lleno de sonidos que casi siempre se convierten en ruidos. El ruido no es más que un sonido desagradable al que se intenta no prestar atención. Ya nos hemos acostumbrado al ruido exterior y a veces al interior. Es más no podemos vivir sin el. Nos molesta el sonido del silencio. Llegamos a casa y encendemos automáticamente la televisión; arrancamos el coche y se enciende automáticamente la radio; vamos por la calle con unos auriculares constantemente puestos que nos convierten en sordos de cuanto pasa a nuestro alrededor; vamos conectados al teléfono móvil y, en apariencia, hablando solos como locos. Definitivamente nos pasamos el día entero oyendo.

 

    La buena noticia de hoy es que todavía hay seres con la capacidad de escuchar. Estas personas son aquellas que han entendido que escuchando se aprende más que hablando, que el ser humano es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras y que el otro necesita ser escuchado. En una tertulia televisiva en la que participo, se me quejan los compañeros, y a veces los teleespectadores, de que mantengo espacios demasiado prolongados de silencio. Quizás lleven razón, pero es que quién te habla necesita que tu asimiles su discurso, lo digieras y le des la respuesta más oportuna, no lo primero que se te ocurra.

 

    En el dialogo con la administración pasa lo mismo. Casi siempre te oyen, pero casi nunca te escuchan. Por eso, cuando encuentras los interlocutores adecuados, lo agradeces sobremanera. Esta semana he tenido varias experiencias al respecto, desde el funcionario que te corta la conversación con la frase lapidaria “el siguiente”, hasta quién te dice que está muy ocupado pero que tiene el tiempo que sea necesario para atenderte.

 

    Llevo años intentando ejecutar la virtud de la escucha y procurando transmitírsela a cuantos tienen la deferencia de escucharme. Aquellos que entienden que un dialogo no es una contraposición de monólogos, donde todos están esperando, oyendo sin escuchar, a que el otro respire para meter su rollo. Cuando eres capaz de escuchar al otro, éste se sorprende, pero te lo agradece y se siente atendido y consolado.

 

   La otra noche, dos mujeres coraje se presentaron en mi casa con un problema grave y varios de pronóstico reservado. Hice lo único que podía hacer en ese momento: escucharlas. Luego me puse a la tarea y ¡oh sorpresa! A cuantos funcionarios les fui transmitiendo la inquietud del futuro de las mujeres coraje, me escucharon, me orientaron, me atendieron sin prisas y me transmitieron esperanzas en posibles soluciones.

 

     No tengo más remedio que recoger este hecho extraordinario que debería convertirse en ordinario. Esto se conseguirá cuando eliminemos ruidos, apaguemos teles, desconectemos auriculares; escuchemos, no oigamos y comencemos a ver al otro, no a mirarle.

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