ADELGAZAR

16 f, 11

LA BUENA NOTICIADE MANUEL MONTES CLERIES

                      

                  Málaga 17 de Octubre de 2011

                          m.montescleries@telefonica.net

 

 

 

      Como pronto voy a tenerme que apretar el cinturón para subsistir en la futura situación económica, circunstancia que nos pondrá a régimen obligatoriamente a todos, he decidido someterme voluntariamente a una dieta de adelgazamiento. Primero, por voluntad propia y segundo, porque la doctora que me va a dejar como nueva mi maltrecha rodilla  derecha -a base de prótesis- me lo ha recomendado. Me tendría que dar vergüenza de pertenecer a la media parte de la humanidad que está a régimen mientras la otra media pasa hambre, pero… la carne es débil.

     He perdido la cuenta de cuantas veces he decidido reducir peso. Desde que sobrepasé los 100 kilos -antes que la mayoría de edad- cada vez que me miro al espejo y miro a los demás, con el correspondiente agravio comparativo, me someto a dietas de todo tipo: con el desgraciadamente desaparecido Dr. Artacho, con el Modifast, con la dieta del Dr. Atkins, con una a base de polvos (Herbalife) que me recomendaron en Suiza… y todas las demás que el que más y el que menos ha sufrido en su vida.

 

      Con las dietas se pierde dinero, alegría y tiempo, pero, a veces también se adelgaza. Entonces, cuando por primera vez te lo notan, te muestras ufano y enseñas los pantalones que te quedan anchos, los dos agujeros que le has tenido que hacer al cinturón y valoras el esfuerzo realizado.

 

     Mi buena noticia de hoy es que se puede. No se lo que voy a aguantar, pero en mi primer mes de tortura he perdido 5 kilos, y la cosa sigue. Esta vez hasta mi “ángel de la guarda” Margarita Souvirón está contenta; me va a imponer la medalla al sufrimiento.

 

      Algunos nubarrones oscurecen mi triunfo. Por ejemplo, la mala uva que te entra cuando ves programas como el de esta semana de Imanol Arias y Juan Echanove “Un país para comérselo”. En su último capítulo me torturaron con arroces a banda, con perdices, con helados de mantecado, panetones y tintos de toda clase. Y yo con unos champiñones asados y un yogur. 

 

     Espero que algún día, y muy merecidamente, le den el Premio Nóbel a la eminencia que invente un tratamiento eficaz para los desgraciados que engordamos apenas nos salimos del tiesto mientras nuestra parienta se pone “púa” de todo y siempre está igual. No hay derecho. Mientras, haremos caso al Dr. Grande Covían: lo que no engorda es lo que se queda en el plato. Es decir hay que pasar hambre.

 

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