Reconciliación

1 f, 14

 “El segmento de plata” por Manuel Montes Cleries

m.montescleries@telefonica.net

 Reconciliación

                              Málaga 1 de mayo de 2014

 

Hace casi cuarenta años que tuve la oportunidad de visitar por primera mes el templo de la Reconciliación en Taizé. Esta catedral de lona se encuentra en un pueblecito francés perdido en medio de Francia; por encima de Lyón y muy cerca de Macon. A unos pocos kilómetros de Cluny, una Abadía fundada en el siglo IX. La comunidad de Taizé se fundó en los años cuarenta como lugar de encuentro y de acogida para las víctimas de la segunda guerra mundial. Allí fueron atendidos refugiados de todas las nacionalidades, y, actualmente, se ha convertido en un pequeño paraíso para aquellos que valoramos un lugar humilde donde reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás.

 

En esas lomas idílicas, se encuentran constantemente grupos de personas que buscan la verdad sin ningún tipo de fundamentalismos ni certezas absolutas. Tan solo se busca poner en común las reflexiones que sirven de acercamiento y de unión, que son muchas y muy aprovechables. Todo ello desde el respeto, la oración y la búsqueda del Ser Supremo cuyo primer mandamiento es el amor al prójimo. Allí he dialogado y compartido “el pan de la amistad” con miembros de todas las confesiones o con la ausencia de ellas, bajo la única condición imprescindible: el respeto al otro sustentado en la búsqueda, el escuchar y el compartir. Exponer criterios, no imponer.

Pocas veces he  podido entrar en oración con tanta intensidad, como en las ocasiones vividas allí. Un espacio vacío de imágenes, pero lleno de personas y de música, de silencios valorativos y de meditación de cortas frases evangélicas, lo que te permite profundizar en la búsqueda de la verdad.

 

¡Cuanto tenemos que aprender de esa forma de vivir, de buscar la verdad y de encontrarse con el hermano! Me recuerda mucho esta actitud la de los protagonistas de la primera moraga que recogen los anales de forma documentada. Aquella noche en que Jesús comparte el pan y el pescado asado con sus discípulos. En la conversación, Jesús no les echa en cara a nadie lo mal que lo hicieron durante la Pasión, ni los pecados cometidos; tan solo les dijo, uno a uno, lo que esperaba de ellos: apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas, y que concluyo diciendo: Sígueme.

 

    Me gustaría que pasáramos, aunque sea mentalmente, por Taizé, o, al menos, le cogiéramos un poco el aire al legado de aquél Frère Roger, fallecido victima del ataque de una perturbada mientras rezaba. Busquemos lo que nos une, que es mucho, y esperemos que seamos capaces de no andar tanto por las ramas, actitud que no nos conduce a nada positivo.

 

El Papa Francisco nos dijo esta semana algo al respecto, en una homilía en la que resaltó los criterios de las primeras comunidades cristianas:

El Papa se detuvo en las tres características de este grupo: era capaz de conseguir la plena concordia en su interior, de dar testimonio de Cristo hacia fuera, y de impedir que sus miembros padecieran la miseria: las “tres peculiaridades del pueblo renacido”. Concordia, testimonio y caridad. Tomo nota.

 

 

 

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