Un hombre bueno y una mujer extraordianaria

11 f, 14

El segmento de plata

por Manuel Montes Cleries. m.montescleries@telefonica.net

Málaga 11 de diciembre de 2014

UN HOMBRE BUENO y UNA MUJER EXTRAORDINARIA

Siempre he sentido curiosidad por establecer la diferencia entre los conceptos “buen hombre” y “hombre bueno”. Para mí, y sin entrar en honduras, la diferencia consiste en que detrás de la denominación “buen hombre” casi siempre se añade “pero”, y ahí se desmiente toda la bondad. El hombre bueno se ha ganado la denominación a pulso.

 

Es aquél, que pese a las circunstancias de la vida sigue siendo honesto, legal, solidario y servicial, incapaz de hacer daño a nadie deliberadamente y con una actitud sonriente ante la vida. Las noticias de estos días nos han hablado de un “hombre bueno”. Se trata de un inmigrante nigeriano que vende pañuelos en los semáforos de Sevilla. Dom Amby O.K., que así se llama nuestro hombre bueno, devolvió una cartera que contenía unos 3.000 euros en efectivo y otros tantos 13.000 en cheques. La cartera cayó del techo de un vehiculo al ponerse en marcha en un semáforo. Dom, un hombre negro que ha llegado a España a continuar sus estudios de medicina, se busca la vida como puede y es un hombre muy querido en el barrio, donde ha representado en varias ocasiones la figura del rey Baltasar en diversas cabalgatas. Un hombre bueno.

 

Por otra parte me están tocando las narices los diversos “agoreros amargados” que se dedican cada Navidades a “rajar” de la solidaridad en forma de apoyo económico y alimenticio que prestan diversas entidades y particulares a los necesitados. Siempre hablan con desprecio de los que ejercen el amor de la mejor manera que saben, alegando que es una forma de adormecer la conciencia y humillar al necesitado. Lo dicen tantas veces que crean dudas en mis sentimientos. Una mujer extraordinaria, la Madre Teresa de Calcuta ha disipado todas mis prevenciones. Copio la anécdota que ha llegado a mis manos: “A las misioneras de la Caridad, algunos tenían el cuajo de reprocharles la atención prestada a los más necesitados, alegando que eso les mantenía en la miseria. Y alegaban la manida comparación de qué es mejor, si regalar un pez o una caña de pescar. 
La beata albanesa tenía clara la respuesta: “Lo que dicen ustedes me parece perfecto, pero los pobres con los que nosotros trabajamos están tan débiles que no tienen fuerza ni siquiera para sostener la caña entre sus manos. Si les parece, nosotras les alimentamos para que adquieran esa fuerza y luego ustedes les enseñan a manejar la caña”.

Salvando las distancias, aquí andamos casi como en Calcuta. De cañas y cursos de pesca andamos flojos. A mi alrededor, de momento, hablamos de cifras irrisorias. De garbanzos, lentejas, potitos, leche, etc. tenemos un montón. Los distribuiremos lo mejor que sepamos. Mientras, que se espabilen los fabricantes y distribuidores de cañas (léase empresarios, banqueros, políticos, administradores y “cañeros” en general). En cuanto todo el mundo tenga caña y sepa pescar, nosotros, los voluntarios y la gente de buena voluntad desapareceremos como hemos aparecido. Sin hacer mucho ruido.

 

 

emigrante nigerianoteresa de calcuta

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