COMO BORREGOS

22 f, 15

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    LA  BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

m.montescleries@telefonica.net

 

                                                             Málaga 23 de febrero de 2015

COMO BORREGOS

Hay veces que terminas barajando la posibilidad de armar el pitote públicamente. Es esas ocasiones, en que tu indignación va encrespando tu carácter, te planteas encabezar una revolución y reeditar la toma de la Bastilla en forma de “sans culotts” a la española.

El motivo de esta reflexión no es otro que la visita al médico de la Seguridad Social que los que ya estamos bastante cascados tenemos que realizar con cierta regularidad. En mi caso se trata de la médico de cabecera o la cirujana que me puso una rodilla nueva hace más de tres años. En el primer caso, procuro tomar uno de los primeros números del día y echarle paciencia. En el segundo, me tengo que adaptar al que me quieran dar. Siempre dos meses después de pedirlo.

Cuando llegas muy ufano a la consulta del traumatólogo con un iter a seguir, perfectamente programado en teoría, te las prometes muy felices. A las 11 horas radiografías y a las 12 consulta. Como es natural llegas al sitio con media hora de adelanto. Das tu papelito y ¡oh milagro!, te llaman enseguida, te hacen las “fotos” y te indican que envían las radiografías directamente a la consulta.

Caes en la trampa. Esta vez la cosa va bien. Muy bien. Buscas la consulta de traumatología (rodillas y similares) y descubres la cruda realidad. Decenas de personas mayores, con la tracción fastidiada como tú, luchan por uno de los asientos desde los que miran con ansiedad a la puerta milagrosa por la que te van a recibir y curar tus males. Se trata de dos puertas paralelas. Al cabo de la primera media hora observas que por ambas aparece cada diez minutos aproximadamente la misma enfermera que atiende a las dos y recoge los papelitos de las citas. Por una entran los que han de ser infiltrados. Por la otra, el resto. La enfermera vocea el nombre del que pasa y, como en los concursos hípicos, anuncia: “preparado el siguiente, Fulanito de tal”.

Nunca sabré como realizan la cadencia de las citas. El caso es que de  las dos horas como mínimo no te libra nadie. En dos horas te da tiempo a conocer la vida, milagros, dolamas y enfermedades de los presentes y sus familiares, vecinos y allegados. Se recomiendan tratamientos de todo tipo, se realizan campañas políticas, se discute por el quítame allá ese asiento, se utilizan los teléfonos móviles a voces, se aplazan citas, almuerzos y recogidas. Como nunca se sabe cuando te van a llamar, terminas deshidratado y con la vejiga a punto de estallar.

Finalmente, y ahí está la buena noticia de hoy, pasas a la consulta. El infierno de afuera se convierte en el cielo de adentro. Te reciben con cariño y dedicación plena, sin prisa y sin ninguna objeción a tus preguntas. Te animan a seguir cuidando de tus rodillas maltrechas y, menos mal, te dan cuartelillo por ¡tres años! La cirujana te conoce perfectamente y celebra contigo el éxito de aquella operación en las navidades del 2011.

A las dos de la tarde abandonas “Barbarella” con una mirada de conmiseración para los que aun les queda que esperar. La sala está tan llena como cuando llegué a las 11’30. Pero tú, has superado la prueba.

Durante un buen rato me he sentido borrego en la feria de ganado de la vieja plazuela de Santo Domingo. No maltratado, pero sí ignorado. Se trata de personas con dificultades físicas de todo tipo. Creo que la contratación de más traumatólogos que se preocupen de las infiltraciones y revisiones, permitiría atender mejor a los pacientes y dejar más tiempo a los cirujanos para realizar su trabajo. Seguro que es porque no hay presupuesto. Estoy convencido de la imposibilidad de hacerlo mejor con los medios con los que se cuentan. Pero hoy me he sentido abanderado de esos seres humanos, resignados a su suerte, que han aumentado o mejorado sus extremidades inferiores con prótesis, muletas, andadores y sillas rodantes. Para ellos, todo tipo de atenciones son pocas. De los dos años de espera que llevo sufriendo con un “Dupryten” (una afección en la palma de las manos) hablaré en otro momento.

 

(grabado de la toma de la Bastilla por unos enfermos indignados)

sansculottes

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