Aquellas tiendas

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                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    LA  BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

m.montescleries@telefonica.net

 

                                                             Málaga 2 de marzo de 2015

“AQUELLAS TIENDAS”

Me indican muchos de mis lectores que les agrada cuando, desde la memoria de una dilatada vida, evoco aspectos de una Málaga distante en el tiempo y distinta en su aspecto. Lo que algunos cómicos de moda en nuestra televisión llaman recuerdos “viejunos”.

Mi imaginación se disparo el día en que no pude encontrar en la tienda de “los chinos” un tubo fluorescente que tenía que cambiar. Y no es que no lo tuvieran, es que no me supe explicar bien… o no me entendieron. Al final parece que estaba “en el segundo pasillo a la delecha”. Resignado, decidí dirigirme a una antigua ferretería cercana reconvertida en una especie de tienda de bricolage. Al final, peso a los intentos de renovación, la tradición es la tradición. Han heredado los defectos y las virtudes de sus predecesores y siguen tardando la intemerata en atenderte y servirte. Me han recordado las viejas ferreterías malagueñas de antaño. Casi todas con nombres de los productos que vendían: el martillo, el metro, el candado, el llavín, etc. Todas eran muy parecidas. Un largo mostrador de madera atendido por una serie de señores –con cara de pocos amigos- embutidos en unos baberos de color indefinido y un deseo latente de no contar entre sus existencias con aquello que solicitábamos. Cada una de las operaciones se desarrollaba lenta, tediosamente. Cuando encontraban el producto, tenían que consultar unos cuadernos llenos de todo tipo de adherencias y escritos, borrados, reformados, emborronados y hechos polvo por el uso. Las primeras anotaciones hablaban de reales y estaban redactadas en castellano antiguo. Posteriormente, una vez controlado el precio del artículo, contaban los clavos, tornillos o arandelas uno a uno o, en el mejor de los casos, los pesaban y envolvían en papel de periódico. Los clientes sabíamos a lo que nos exponíamos y tirábamos de paciencia. La mañana estaba echada. Mi ferretería de hogaño me manifestó todos los defectos adquiridos.

Otros comercios han evolucionado razonablemente con los tiempos. Las tiendas de tejidos –que parece que vuelven a tener su auge con la crisis del textil-, las zapaterías –aquella casa Segarra en calle Larios-, las papelerías-librerías, etc. Por otra parte, otros gremios han desaparecidos prácticamente en la actualidad. Por ejemplo: las tiendas de curtidos y las de “coloniales y ultramarinos”.

En Málaga, en la época en la que los zapatos eran heredados, reciclados, tintados y reparados una y mil veces, proliferaban los zapateros remendones. Un oficio que, junto al de los que confeccionaban calzado a medida, necesitaba servirse de los “recambios” que precisaban las reparaciones. Ahí estaban las tiendas de curtidos. Puntillas, trozos de suela, tacones, protectores, cordones, tintes, cerote, crema, cola de zapatero y otros miles de productos se servían desde calle Carretería (Seoane y Caballero), Puerta del Mar (Barrera), Calderería (Minguet)  o Los Mártires (Cleries). Intentaron subsistir vendiendo plástico o marroquinería, pero cerraron definitivamente. Otro negocio de batón, paciencia y libro gordo de Petete.

Los coloniales o ultramarinos, eran unos establecimientos parecidos al maná de los años del hambre. Presentaban unos anaqueles repletos de latas de conservas, jamones, chorizos, salchichones y demás chacinas colgaban de los techos como si fueran trofeos deportivos. En el mostrador, de cara al cliente, una barrica de brillantes arencas se alternaba con un espléndido cerete de higos y lomos de bacalao enrollados sujetos con una soga. Dependientes con babero beige, condecorado con manchas de todas las especies atendían a los parroquianos. En calle Cisneros pululaban un buen montón de ellos. Galván, La Riojana y otros eran el paraíso de los compradores, llegados de los barrios y de todos los pueblos, así como de los “cosarios y diteros” (comerciantes que hicieron próspero el comercio malagueño).

Nada que ver con el comercio actual de gran superficie y “búscalo tú” (el usted ha desaparecido del comercio). Compras impersonales y vacías del sentido de aventura. Rutina en vez de descubrimiento.

La buena noticia de hoy me la proporcionan esas pequeñas tiendas de barrio o de pueblo que perviven. Esos “corteinglesitos” de cercanía, donde hay de todo y de nada. Donde te siguen sirviendo “cuartoymitá” de garbanzos y te atienden aunque sea la hora de comer o las once de la noche. Donde te puedes tomar una cerveza y un salchichón de Málaga troceado, con el dueño de la tienda y quien te acompañe. Esos pequeños comestibles de la Trinidad o el Perchel a los que aun les quedan Mirinda y, si se lo propones, te muelen conjuntamente “una peseta de café y un real de cebá”. Como en los viejos tiempos

 

 

 

ferreteríaultramarinos

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