Impotencia

23 f, 15

El segmento de plata

por Manuel Montes Cleries m.montescleries@telefonica.net

Málaga 23 de abril de 2015

IMPOTENCIA

Esta es la sensación que nos producen las imágenes de los continuos naufragios que se producen en este Mare Nostrum que es cada vez menos nuestro.  El rescate de esos cadáveres de niños, mujeres y hombres procedentes del cuerno de África no es más que la punta del iceberg del eterno conflicto producido en una zona otrora paradisíaca y hoy convertida en un lugar inhóspito y sumamente peligroso.

 

Una entrevista que pude oír en Onda Cero, realizada a un periodista del diario El Mundo -Alberto Rojas-, consiguió hacer vibrar las fibras más sensibles de mi cuerpo. Un país invadido por los europeos para ser “civilizado”, ha sido “utilizado” por los “salvadores” como jardín trasero africano. Al mismo tiempo los colonizadores, amén de buscar las fuentes del Nilo, les han ido transmitiendo sus religiones y creencias, primero los ingleses con el protestantismo, después los italianos con el catolicismo y, últimamente, han sido invadidos por el Islam, apoyado fuertemente por los radicales yihadistas y los señores de la guerra.

 

La narración del periodista comentando la situación de Somalia y su capital Mogadiscio, me hizo comprender el esfuerzo heroico que han de realizar aquellos que quieren huir de la hambruna y el horror de la situación, jugándose la vida entre el peligroso viaje hacia las costas libias y la travesía del mediterráneo, luchando por alcanzar la meta en el paraíso europeo de la isla de Lampedusa, situada a medio camino entre África y Europa.

 

Lo de los países del noreste de África es una auténtica vergüenza mundial. Las flotas pesqueras de todo el mundo están arrasando los fértiles caladeros de sus costas, amparados por la marina de guerra de diversos países. Del este y del oeste, de Europa y de Asia le llegan suministros de armas para mantener una guerra durante más de un cuarto de siglo. Quieren quitar el hambre eliminando los hambrientos. Un país cuya esperanza de vida no llega a los cincuenta años. La última sequía, que ya dura más de un cuarto de siglo, les ha llevado a la situación actual. Somalia es un país que vive de una agricultura precaria y una ganadería que no se puede mantener en medio de constantes conflictos nacidos de una guerra abierta. Las ayudas de los “países civilizados” consisten en observadores y buenos consejos.

 

La hipocresía de nuestros investigadores históricos y sociales nos lleva a prestar atención a los juicios sumarios a personas en su última etapa vital o fallecidos hace años a fin de recuperar una dignidad perdida y poner las cosas en su sitio. Mientras, miramos hacia otro lado y nos quejamos de la invasión de los africanos sin afrontar la realidad de unos hermanos que sufren la desesperación de la muerte y el hambre y prefieren morir en el empeño, a seguir alimentando a una familia de cinco niños con dos bolsitas de azúcar de diez gramos durante todo un día, como nos comentaba Alberto Rojas en su artículo. Nuestros gobiernos están dedicados en cuerpo y alma a descubrir lo que han robado los que le han precedido y a descubrir como seguir medrando sin levantar sospechas.

 

Los cristianos parece que vamos reaccionando con funerales y convocatorias de manifestación. Pero no nos podemos quedar en adormecer nuestras conciencias con gestos. Tenemos que tomar decisiones. Yo sigo pensando en mi metro cuadrado. Poner un emigrante en mi vida. Y chillar. Chillar fuertemente mi desesperación ante la impotencia.

 

lampedusa 2

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