Desde mi atalaya

26 f, 15

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    LA  BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

m.montescleries@telefonica.net

 

                                                             Málaga 27 de julio de 2015

Desde mi atalaya

En los meses de estío me convierto en una especie de vigía. Un descendiente de aquellos que poblaron las diversas torres que se encuentran a lo largo de la costa malagueña y que permanecían alertas ante el ataque marítimo de los sarracenos. Mi caso  es distinto. Cada tarde me pongo a leer o escribir en mi terraza, mientras, contemplo el ir y venir de las olas, las embarcaciones o los bañistas.

 

El espectáculo vespertino se caracteriza especialmente por el desalojo de los lugares playeros conquistados durante todo el día a fuerza de toldos, toldillas, sombrillas, tiendas de campaña y similares. Se aprovechan los últimos rescoldos de las barbacoas y se reparten los últimos cogotazos a los niños que se manifiestan remisos a pasar por las duchas playeras y comunitarias.

 

La buena noticia me llega a través de los encuentros familiares veraniegos. De todas las partes de Europa o de las regiones norteñas de lo que algunos seguimos considerando España, nos llegan padres, hijos, sobrinos, nietos, cuñados, etc., que se vuelven a encontrar en el merendero o el charnaque, en el bar playero o el restaurante con pretensiones.

 

Ayer llegué a emocionarme. A lo largo de los años de observación he llegado a conocer a los diversos grupos que bajan a la playa siempre a la misma hora y que se colocan  también en el mismo sitio. Echaba de menos a una señora, cuyo marido conozco, que viene cada año desde los alrededores de Olot en Gerona. El marido me decía que tenía muchos problemas para caminar. Pero el pasado jueves observé una especie de procesión laica camino de la orilla. Varios fuertes y aguerridos caballeros transportaban a hombros a la señora impedida hasta el mismo rebalaje. Una ovación colectiva acogió la llegada de la comitiva y cuantos estaban alrededor se acercaron a saludar a la señora, por otra parte jubilosa.

 

Que fácil es hacer feliz a los que nos rodean. A veces cuanto se puede conseguir con un pequeño esfuerzo y mucha imaginación. Mientras tanto, otros, salvadores de la patria, se dedican a borrar nombres y defenestrar estatuas. Si la mala leche se cambiara por buenas ideas otro gallo nos cantaría. De lo de la fiesta sorpresa de mi cumpleaños… hablaré otro día. A eso hay que echarle de comer aparte.

 

 

25-7-15 2

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