Síntomas de decadencia

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                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    LA  BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

m.montescleries@telefonica.net

 

                                                             Málaga 10 de agosto de 2015

SÍNTOMAS DE DECADENCIA

 

Pertenezco a una generación que está condenada a navegar siempre entre dos aguas. Aprendimos desde pequeños a respetar, admirar y  cuidar a nuestros mayores. Ellos se lo merecían todo. Habían pasado una etapa de su vida marcada por una guerra incivil y las posteriores consecuencias. Nos acostumbramos a comer pollo en Navidad y a comprarnos unos zapatos en Segarra que nos hacían pasarlas canutas, pero compensaban con una pelotita de goma “gorila” con la que fardabas un montón. Le hablábamos de usted a cuantos mayores nos acercábamos y estudiamos sin ordenador, sin tablet, sin calculadora, sin bolígrafos y sin un cerro de libros. Nos conformábamos con la Enciclopedia Álvarez y el catecismo Ripalda. Nos daban unas notas en las que se veía claramente  los ceros o los dieces. Nada de “progresa adecuadamente” o “necesita mejorar”, lo que no te permite dar un “cosqui” en condiciones a los malos estudiantes.

Este fue el pasado lejano. En el pasado cercano –o no tan cercano- luchamos por la libertad, la igualdad y la democracia. Mal que bien enmendamos un proceso parado en el siglo XIX. Cantamos aquello de “libertad sin ira” y vamos a acabar “con ira… pero sin libertad. Hablemos ahora del presente. Nuestros hijos no nos hacen ni puñetero caso y los nietos se cachondean de ti directamente. Hemos pasado del usted al “tío”, “tronco” o “colega”. Tus opiniones son siempre obsoletas o poco dignas de tener en cuenta. Nuestros logros políticos, económicos, culturales o personales son una antigualla de la que hay que apartarse como si de algo indigno o cuanto menos irrelevante se tratase. Ya no sirve ni la Constitución ni el Evangelio. Ni siquiera los toros ni el Cossío. ¡Ay si Juncal levantara la cabeza! Menos mal que nos queda el dominó y el mus.

La buena noticia de hoy es que nos estamos dando cuenta de que estamos hasta las narices y todavía tenemos algo que ofrecer o que exigir. El problema consiste en que nos coge cansados. Pero aun nos quedan redaños y capacidad para dar que hacer a estas generaciones que nos están dando por saco.

En el grupo de teatro en el que colaboro, “el Carromato”, estamos preparando una obra de teatro de Jardiel Poncela. En ella, el personaje que represento dice en un momento de la trama “!pobrecillo!, con todas estas cosas,  está ofreciendo síntomas de decadencia”. El protagonista vuelve después de muerto y la lía.

Espero que nuestra generación no llegue a tanto. Somos capaces de rebelarnos en cuanto nos lo propongamos. Sin morir siquiera. Eso espero. De síntomas de decadencia… nada.

un marido de ida y vuelta un marido de ida y vuelta

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