La abuela

8 f, 15

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    LA  BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

m.montescleries@telefonica.net

                                                                     Málaga 9 de noviembre de 2015

LA ABUELA

Días atrás fui testigo de un acontecimiento que me indujo a reconciliarme con esta sociedad emergente cuyas actitudes cada vez me gustan menos. Fue como si en medio del desierto me topara de improviso con unas palmeras que circundan un manantial de agua fresca. Así me sentí días atrás en ¡un entierro!

Me consta que entre los géneros periodísticos se incluye el obituario. Una palabrota que indica “sección del periódico que recoge las noticias necrológicas”. En su día gozaron de mucho predicamento. Especialmente crearon escuela  las del ABC y La Vanguardia. En nuestros días ya casi no se publican. Ni siquiera las esquelas de pago que están en desuso.

Sin embargo, hoy voy a recoger una especie de obituario digno de figurar como mi buena noticia de la semana. La celebración de una misa de Gloria (no un funeral al uso) en honor, agradecimiento y recuerdo por una Abuela. La pongo con mayúsculas porque así se lo merece. La abuela Pilar era una mujer de 96 años que llevaba su vida como una proyección de su nombre. Era el pilar en el que se sustentaban y apoyaban casi un centenar de descendientes directos y otros tantos de la periferia (entre los que me incluyo). Una mujer de esa generación que ha conocido una república, una guerra civil, una dictadura, una democracia convulsa y naciente, la muerte de varios hijos a una edad prematura, bodas, bautizos, separaciones, ruinas y etapas prosperas. Noventa y seis años de vida sentada en una mesa de camilla o arrimada a la cocina donde, como dijo uno de sus nietos “siempre estaba el aceite caliente para servirle un huevo frito al que entrara por la puerta”.

En las despedidas de los cementerios se nota cuando se trata de un “cumploymiento” o de un “siento, no miento”. Pocas lágrimas y mucha complicidad. La tristeza de la muerte y la alegría de haber compartido nuestra vida con alguien que, desde el silencio y el servicio, era el nexo de unión de tanta gente. A su alrededor los problemas se minimizaban o se suprimían y su figura fue sustituyendo la de cuantos se iban quedando por el camino. Ha sido madre de sus nietos huérfanos, refugio de los mayores perdidos en los avatares de la vida y faro que irradiaba luz a cuantos la rodeaban.

Una hija, esposa, madre, abuela, bisabuela, suegra, tía, amiga. Una mujer. Pensaba decir “Que Dios la bendiga”, pero me quedo con la idea de “que Dios nos bendiga con su ejemplo”.

mesa camilla 2

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