Cuando un amigo se va

25 f, 16

 

El segmento de plata

Por Manuel Montes Cleries m.montescleries@telefonica.net

Málaga 25 de febrero de 2016

Cuando un amigo se va

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Una de las circunstancias que acompañan nuestra pertenencia al segmento de plata, es la de poner en práctica una de las obras de misericordia que más nos cuesta ejercer: acompañar a los amigos en su último viaje. Por eso, estas palabras que dan inicio a una famosa sevillana, se agolpan en nuestra memoria mientras repasamos la vida vivida y convivida con uno de nuestros mejores amigos.

 

Esta semana nos hemos visto sorprendidos por el fallecimiento de Juan Sintas. Lo mejor que puede reflejar el vínculo que me unía con Juan es que en su entierro algún familiar me presentaba como una especie de hijo adoptivo de él. Muchas personas me han manifestado su condolencia. Lo que agradezco. No se equivocaban. Compartiendo parte de mi vida con Juan -el hombre pegado a una libretilla en la que recogía sus tareas pendientes- he tenido mucha suerte. Al fallecimiento de mi padre, dos personas que también están ya con el Padre, Antonio Checa y Juan Sintas, se hicieron alternativamente cargo de mi cuidado y formación como profesional, como persona y, especialmente como cristiano.

 

Juan Sintas era un hombre de hablar poco y de escribir… casi nada. Él evangelizaba y, si hacía falta, también predicaba. Cuando tomaba una responsabilidad, lo hacía hasta el final. Sin aparecer en los medios, ni buscar protagonismo. Estaba ahí. Compartí con él penas y alegrías, enfermedades, marchas y llegadas de nuevos miembros a nuestras familias.

 

Se preocupaba de las maltrechas finanzas del Movimiento de Cursillos. No sé como, pero sacaba para adelante todos los proyectos. Los dos últimos: el libro de los 25 años (en el que por cierto no escribió nada pero lo hizo todo), y la dirección de la gestora del Movimiento de Cursillos en una etapa muy difícil. Ambas situaciones las bordó. Cuando hicimos el libro de los cincuenta años, sí que participó. Allí narró sus dificultades sufridas en su gran obra, con la que culminó su servicio a los demás; la creación del Apostolado Católico de Prisiones, que puso en marcha y que acompañó en sus primeros años; gestionó los encuentros pertinentes con las instituciones penitenciarias –de las que se ganó el respeto- y consiguió la formación de un gran equipo de voluntarios que, actualmente, continua su trabajo. Después propició la creación de la casa de acogida para los internos que salían de prisión y no tenían a donde ir. Otra de sus grandes aportaciones.

 

Cuando le despedía con un aplauso, recordé la primera frase que inculcó en mi mente hace casi cincuenta años: “el que dice que ama a Dios, al que no ve, y no ama a su hermano, es un embustero” y otra que me recalcó: “la fe sin obras, es una fe muerta”.

 

Gracias Juan. Me consta que ahora estás con el Padre. Desde ahí puedes cuidarme más que cuando desde aquí, tus últimos años en un carrito de ruedas, ya podías hacer poco. Ahora ya os podéis reunir aquellos que os encontrabais en un coche en la Plaza de la Constitución: los “tupamaros”, a los que una mañana os quisieron detener pensando que era una conspiración política. Aquí solo quedo yo de aquél grupo, pero sigo teniéndoos presente cada lunes a las ocho de la mañana. Por lo bajini canto con vosotros el “De colores”.

juan sintas

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