Antonio Pelayo

1 f, 16

El segmento de plata

Por Manuel Montes Cleries m.montescleries@telefonica.net

                       Málaga 1 de diciembre de 2016

ANTONIO PELAYO

 

   Antonio Pelayo, premio especial “Bravo” de la conferencia Episcopal Española por su trayectoria como periodista corresponsal de diversos medios en la Santa Sede.

 

    Esta noticia que llegó a mis oídos escuchando la Cope, me ha hecho volver a una tarde del pasado mes de junio, que ha quedado grabada en mi mente para toda la vida. En ese día, tuve la oportunidad de conocer más de cerca a dos hombres que son, para mi modesto criterio, el paradigma de lo que debe ser una edad, pasado los setenta, llena de vida y de servicio a la Iglesia.

 

Me encontraba en Roma con motivo de la celebración del Jubileo de la Misericordia. Era martes. Iba acompañado de dos amigos. Uno cura, Pepe Amalio y otro seglar, Augusto. Este último, amigo de Antonio Pelayo, había quedado con él para que nos facilitara las invitaciones de acceso a la audiencia papal del día siguiente. Nos citamos en la Embajada de España –en la romana plaza del mismo nombre-. La cita era a las cinco. A las dos nos estábamos poniendo de grana y oro en un restaurante situado justo enfrente de la embajada. Tras ser expulsados varias veces de la puerta de la legación por unos soldados, provistos de metralletas, que impedían arrimarse a la misma, pudimos conectar con Antonio. Creo que en una hora aprendí más que un master de periodismo cristiano. Nos invitó a café en un local sito en los bajos de su domicilio –a cincuenta metros de la embajada-. Nos habló de su sacerdocio, del Papa, de España y sus circunstancias, de la ilusión por la vida y por su trabajo. En un momento paró en su conversación, se levantó y nos presentó al Embajador de España en Italia, D. Francisco Javier Elorza, que se unió a la conversación unos minutos, y Antonio, con gran sencillez, nos dio su tarjeta, se ofreció para cualquier cosa y nos despidió con afecto. Bravo por Antonio. Es ¡más mayor que yo! y sigue en la brecha.

 

No perdimos el resto de la tarde. Nos fuimos a saludar al superior de los Franciscanos Españoles, cuyo convento se encuentra en pleno Trastévere. Le conocí en el año 2000 con motivo del Jubileo. Me acogió en dicho convento con el amor que se desprende de los seguidores de San Francisco de Asís. El Padre Manuel nos recibió con la hospitalidad de siempre y nos habló con sencillez de su trabajo: dirigir un convento lleno de franciscanos que estudian en Roma; dar clases en la Universidad de San Juan de Letrán de la que es catedrático emérito y un servicio que nos sorprendió: realizar una visita semanal al Vaticano donde se encuentra con alguien de muy arriba del escalafón, pero que al parecer habla castellano y viste de blanco al que administra el Sacramento de la Penitencia. No lo reconoció en ningún momento.

 

Lo que hablamos ha quedado grabado en nuestro corazón para siempre. A mí, personalmente, me transmitió fuerzas para seguir trabajando con mis modestas fuerzas por la transmisión del Evangelio de Jesús. Hoy vuelvo a adherirme por ese bravo por Antonio Pelayo y un hurra por el padre Manuel.

 

 

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