Lástima…

15 f, 17

LA BUENA NOTICIA DE MANUEL MONTES CLERIES

 

Málaga 16 de enero de 2017

 

m.montescleries@telefonica.net

 

Lástima, pena, indignación o cercanía

 

Ante las diversas situaciones que rodean nuestras vidas podemos tomar una de las opciones que intento describir a continuación.

 

Casi siempre nos quedamos con lo mínimo. Una ojeada, un gesto…, una frase. ¡Qué lástima! Dice el diccionario de la Rae que la palabra lástima es sinónimo de compasión; “cosa que causa disgusto, aunque sea ligero”. Se oye decir a menudo: “qué lastima de hijo”; “me dan lástima los animales abandonados”; frases que no comprometen a nada.

 

Otras veces decimos: Me dan pena. Dice el diccionario: “sentimiento grande de tristeza”. Un sentimiento, no una actitud… ni una decisión. Muy propia para una copla, pero no te hace mojarte.

 

La indignación es: “enojo, ira o enfado permanente contra una persona o contra sus actos”. Otra actitud que se olvida cuando pasa el momento. Me cabreo muchísimo, pero ande yo caliente. La indignación se diluye entre lo cotidiano como un azucarillo en café caliente.

 

La cercanía es otra cosa. Cercanía es “situación de cercano, inmediato, junto a, próximo, prójimo. La cercanía compromete. Se trata de poner al servicio del otro nuestros sentidos. Escucharlo, no oírlo; verlo, no mirarlo. Acercarse a su vida.

 

En mi ya larga vida he podido experimentar todas estas situaciones. He pasado por la lástima, la pena y la indignación. He podido observar como la ciudadanía, encabezada por sus dirigentes, pasa también por todas estas sensaciones de cara a la galería. Niños ahogados en la playa; colas de familias completas envueltas en harapos, en medio de la nieve y la nada, buscando un plato de comida caliente. Mientras, desde la hipocresía, se recuerda cada día lo mal que lo hicieron nuestros padres y lo bien que nos lo estamos montando para seguir en el coche oficial, la poltrona y el cargo. Democracia para los míos, mucha lástima, mucha pena, mucha indignación y poca cercanía. Reuniones, congresos y demás zarandajas para mejorar la situación de mi partido, mi “país” o la mía propia.

 

He tirado la toalla ante lo público. Me conformo con lo que yo pueda hacer. Paso de la lástima, la pena o la indignación. He desembocado en la cercanía. He descubierto al otro, sin dejar al mío. El otro, que necesita salir de su anonimato y que le llames por su nombre; el otro, que necesita la palabra de aliento ante la nada que se le ofrece cada día; el otro, que necesita compartir ese café mientras se siente mirado por alguien con cercanía.

 

Me sigo ciscando en tanta reunión, debate, primarios y quítate tú para que me ponga yo. Mentiras lastimosas. La buena noticia me la da, esta mañana muy temprano, ese hombre cercano que duerme en la calle –hoy no, gracias a Dios-, con estudios y una profesión, que sale a la calle soñando con encontrar ese trabajo que lo saque de esa situación y esa soledad. Hoy ya no es anónimo. Es mi amigo. Le conozco y le hablo por su nombre.

homless

 

 

 

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