El óbolo de la viuda

26 f, 17

El segmento de plata

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                                                                   Málaga 26 de enero de 2017

EL ÓBOLO DE LA VIUDA      

  Supongo que todos los seguidores de este “segmento de plata” conocen suficientemente el pasaje evangélico que recoge el comentario de Jesús ante la escena que presencia en vivo y en directo.

 

Estoy seguro que, si nos movemos un poco por este mundo, habremos sido testigos presenciales de circunstancias como la narrada en el evangelio de Lucas. La primera vez que pude comprobarlo sucedió a consecuencia de una locura juvenil que realizamos hace muchos años en la parroquia de Santo Domingo. Un grupo de jóvenes nos lanzamos a pedir puerta por puerta dinero para unos necesitados. Recibimos perras gordas, reales y pesetas en los corralones y las calles angostas del Perchel. Cuando salimos a la zona de calle Mármoles y las casas con portales y ascensores, la cosa varió. Posiblemente fue una casualidad. Pero me dio que pensar.

 

Desgraciadamente hoy sucede lo mismo. El común de los mortales esta menos apegado al dinero, quizás porque lo maneja poco. El rico, no el adinerado, lo es posiblemente porque tiene su corazón puesto en el atesorar, sin tener en cuenta que no se lo va a llevar para arriba. Al final se descubre que se sube con mucha más facilidad cuando uno deja pocas ataduras en esta tierra.

 

Al llevar años trabajando en organizaciones no gubernamentales dedicados a los más necesitados, me he convertido en una especie de pedigüeño. No se me da muy mal, porque no fuerzo a nadie y les explico que les estoy haciendo el favor de ser solidarios. El método funciona cuando presentas resultados.

 

Este fin de semana he tenido una experiencia única. Ando pidiendo por los diversos estamentos unas casullas para una iglesia pobre. Acudí a unas monjas de clausura, pobres, pobres, a ver si tenían por allí alguna o me podían confeccionar una de forma sencilla. Al no poder atender mi petición, me sorprendieron con un sobrecito conteniendo una cantidad exagerada para sus posibilidades. Recordé como rebuscamos en nuestros bolsillos para echar una monedita en la ofrenda y se me cayó la cara de vergüenza.

 

Una vez más he podido vivir una realidad. Para predicar la palabra de Dios a los pobres, hay que ser pobre. Pobre de dinero, o de conocimientos, o de influencias o de orgullo. Entonces se comenzará a dar de lo que nos falta, no de lo que nos sobra.

 

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