La maldita enfermedad

22 f, 17

La buena noticia

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                                                                   Málaga  23 de octubre de 2017

LA MALDITA ENFERMEDAD   

 

     A lo largo de la historia se han declarado pandemias que han diezmado la población de grandes zonas del mundo. Lepra, viruela, tifus, peste, tuberculosis y toda clase de gripes denominadas con el gentilicio del país del que proceden.

 

    En estos últimos años, posteriores a las grandes guerras del siglo XX, podemos recordar con terror la polio y el sida. Ambas, gracias a Dios, erradicadas o mejoradas con vacunas y tratamientos. Pero persiste la maldita enfermedad que asusta solo con su nombre: el cáncer.

 

    Miento, asustaba. Hoy se puede hablar de él con naturalidad. Conocemos a miles de personas que han padecido diversos tipos de tumores malignos y que han evolucionado hacia la salud, completa o casi completa, con tratamientos quirúrgicos y, o, quimioterapia y medicamentos complementarios. Salvo casos concretos, la literatura médica habla de supervivencias, después de los cinco años, que van del 50 al 100% de los casos. Dependiendo del lugar y la virulencia.

 

Esta semana se ha hablado mucho de la “mardita enfermedá” coincidiendo con el día mundial del cáncer de mama. Una enfermedad que se llevó por delante a muchas de nuestras antepasadas y algún antepasado, dado que los hombres también lo padecen. Nos han llegado excelentes noticias a través de los medios; miles de de ejemplos de mujeres que lo han superado gracias a la ciencia y a la voluntad. Deportistas, bailarinas, amas de casa, políticas, etc., han superado la etapa del pañuelo o la peluca y hoy vuelven a ser mujeres bellas y útiles a la sociedad.

 

Mi buena noticia de hoy lo es a medias. Se investiga a fondo en el tratamiento y la erradicación de la maldita enfermedad, cuyo nombre cada vez asusta menos; pero creo modestamente que no se hace con los medios y la intensidad necesaria. Barrunto que si el dinero que nos gastamos en armas, en publicidad política y en parecer más jóvenes y más guapos, lo dedicáramos a la investigación, esta puñetera enfermedad sería atacada de una forma casi definitiva. Así lo hemos visto en el caso de los tratamientos contra el sida que han sido muy eficaces.

 

Por eso animo a los investigadores y terapeutas de la rama oncológica a seguir luchando con el amor y la dedicación que lo están haciendo hasta ahora. Doy fe de ello. Se de primera mano del esfuerzo económico y humano que están realizando con alguien muy cercano a mí. Dios se lo paga con los resultados, nuestro agradecimiento y su satisfacción propia. Y yo lo proclamo.

 

 

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