CASCARRABIAS

11 f, 18

El segmento de plata

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                                                                   Málaga 11 de enero de 2018

CASCARRABIAS

    Se suele decir que el que tiene algún problema, defecto o dificultad, es el último que se entera. Hace falta que se lo diga un montón de personas para que caiga en la cuenta.

 

Me he ido al diccionario de la RAE para poder definir con propiedad que o quién es un cascarrabias. Ha salido una foto mía y me he enterado; respondo a la siguiente definición: “persona que fácilmente se enoja, riñe o demuestra enfado”. Por otro lado descubro que se trata de un “quisquilloso, irritable, irascible, gruñón, susceptible, excitable, pulguillas, aguafiestas, avinagrado, gruñón y malhumorado”.

 

Vaya tela. Me describe a la perfección. Y yo antes no era así. ¡Estoy hecho un cascarrabias! ¿Dónde se cura uno de esto? Pues como todas las “enfermedades”. En primer lugar reconocer que se padece el “síndrome del cascarrabias”. Es el primer paso para “mejorar”.

 

Si no lo reconoces, te cabreas y, encima, aumentas tu “enfermedad”. He pasado por esta crisis. Finalmente me he rendido a la evidencia; soy un cascarrabias. Internet habla de la enfermedad, pero no dice nada del tratamiento. Por eso, he recurrido a la medicina natural; paciencia, comprensión, ajo y agua. No hay otro. Recordar cuando todo nos parecía bien y lo felices que éramos y nos sentíamos.

 

Por todo esto, apelo a los miembros del “segmento de plata” que, supongo, están incursos en el mismo problema que yo. Primero: reconocer nuestro problema y segundo: ponerle un poco de buena voluntad. Seguiremos informando.

 

 

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REYES

7 f, 18

La buena noticia de Manolo Montes

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

REYES

                                                      Málaga  8 de enero de 2018

   

     La semana pasada se ha acumulado una sobredosis de noticias sobre los Reyes en los medios. Por una parte Don Juan Carlos, que ha cumplido 80 años; por otra aquellos “magos” que desfilan en cada población; esos que salen el día y a la hora que les parece. Finalmente, “las novedades”: reyes, reinas y mediopensionistas.

  

      Casi nada que ver con aquellos Magos de Oriente que saben muy bien de donde vienen y a donde van. Los auténticos vienen del amor de los seres humanos con sus semejantes; especialmente con los niños… o los que “se hacen como niños”. Van hacía “los hombres de buena voluntad” que son capaces de vivir la ilusión de la inocencia recuperada.

 

Vivo rodeado de niños de todas las edades. Desde la mayor, que tiene 92 años a la más pequeña, que vive aun en el vientre de la madre. En nuestra casa amanece muy pronto el día 6 de enero. Un  salón de suficientes dimensiones, se llena hasta arriba de regalos que los magos de oriente van depositando silenciosamente desde primera hora. La botella de aguardiente pega un bajón considerable debido al montón de viajes que se pegan los reyes o sus pajes a lo largo de su ir y venir.

 

El día de los Reyes Magos de Oriente, el de verdad, el que tiene poco que ver con las grandes superficies y las compras por Internet, al que no representan quienes se disfrazan para vivir su minuto de gloria, sin pensar en lo que representan y a a quienes va dirigido; ese maravilloso día, sigue siendo el día de la ilusión, en el que recordamos aquella estrella de sheriff, la pepona y “las cosas del colegio” de nuestra infancia; aquellos puestos de las calles malagueñas llenos de caballos de cartón y de ristras de ollitas de lata.

 

Hoy se regalan “drones” y aumentos de pecho. Viajes a paraísos Disney y bicicletas eléctricas. No importa. Seguirá siendo importante no el juguete, sino el compartir el juego o el regalo con los “niños” de todas las edades. No el precio, sino la búsqueda de aquello que hace ilusión al otro.

 

Mi buena noticia de hoy me la transmiten las gentes de mi casa. Esos que nos volvemos a reunir para abrir los regalos uno a uno. Otra vez más de treinta devorando lo poco, pero suficiente, que aun nos ha quedado de las Navidades y los tropecientos roscos de reyes que aportamos entre todos. Al final, personalmente, acabo harto de niños. Y de padres de los niños. Y de tantas fiestas.

 

Lo siento por los que hayan perdido la ilusión por este día. Ellos se lo pierden. El resto del año disfrutaremos más reyes que en ningún país. Uno en el trono, otro emérito y los cuatro de la baraja.

 

El discurso

4 f, 18

El segmento de plata

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                                                                   Málaga 4 de enero de 2018

EL DISCURSO

    Aquél padre de familia había crecido oyendo discursos programáticos cada final de año. Primero le hablaban de pantanos, luego de transición, más tarde de crisis y finalmente de separatismo.

Regidores nacionales, autonómicos, provinciales y locales, laicos y de la Iglesia le habían transmitido sus mejores deseos, la presunción de haberlo hecho muy bien y la firme promesa de que todo iba a ir mucho mejor.

 

Nuestro hombre se pensó: ¿por qué no voy yo a pronunciar mi discurso? ¿Y qué les digo yo a mi gente? Los reunió en fin de año; tiró de recursos y se fue tres mil años atrás; el Eclesiastés: “Dios hace más respetable al padre que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros… Hijo mío se constante en honrar a tu padre, no le abandones mientras vivas; aunque chochee, no le abochornes mientras vivas…

 

Le pareció antiguo y trasnochado. Adelantó en el tiempo mil años y se encontró con una carta de San Pablo: “Mujeres vivid bajo la autoridad de vuestros maridos. Maridos amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres, padres no exasperéis a vuestros hijos…”. Por declaraciones más suaves que estas te pueden meter en el talego por maltrato, abuso, extorsión, desprecio de sexo y edad, nocturnidad y alevosía. Nada, esto tampoco.

 

Tiró del corazón, cerró el cacumen y les dijo Perdonadme porque me habré equivocado en mucho, en casi todo. No ha sido mi intención. Me quiero dedicar por completo a vosotros. Pedidme lo que queráis. Incluso dinero. -Pá cuatro días…- Lo mío es vuestro. Permaneced unidos como hasta ahora. Eso os hará fuertes. Seguid alrededor de vuestra madre; la madre es el pilar firme de la familia. Hijos (que sois mis nietos) aprended de vuestros padres (que son mis hijos). La herencia que os puedo dejar es mi vida y mi forma de ser (a los hijos no los educamos, nos imitan) no es la mejor, pero tampoco ha sido mala. Este año nos falta alguno de los mayores, que se han ido con el padre, pero se han incorporado niños y cónyuges. A ver si el año que viene estamos los mismos o somos dos o tres más”.

 

    Este rollo parece que les gustó. Una de ellos cogió el relevo y les proclamó un discurso precioso lleno de frescura. Había llegado la nueva generación. El tipo de nuestra historia, aquél padre de familia, se sintió satisfecho. Había entregado el relevo. Una vez más el “segmento de plata” había sido útil. No es como el oro… pero funciona. Hay que adaptarse a los tiempos. Y a lo que nos viene, la familia virtual (ver dibujo).

 

MERCADOS

31 f, 17

La buena noticia de Manolo Montes

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                        MERCADOS

                                                      Málaga  1 de enero de 2018

 

   “El mercado es el ambiente que propicia las condiciones para el intercambio. En otras palabras, debe interpretarse como la institución u organización social a través de la cual los ofertantes (productores, vendedores) y demandantes (consumidores o compradores) de un determinado tipo de bien o de servicio, entran en estrecha relación comercial a fin de realizar abundantes transacciones comerciales”.

  

      Sería muy triste si nos quedáramos solo en eso. Desde pequeño me han gustado mucho los mercados. Sí, esos lugares donde se compraba el chanquete y el perejil, los avíos del puchero y las arencas.

Aquél mercado de mi infancia, en calle Mármoles, lleno de pizarras surtidas de faltas de ortografía, a saber: “urelitos”, por jureles, “aos y limone”, “hay cardillo de pintarroa” y “purpo”, etc. Un espacio donde pululaba un “personá” que le hacía semejante a un zoco marroquí. El “parguela” que rifaba una muñeca, los vendedores de “los ciegos” y la “rápida”. Los puestos llenos de sardinas de la bahía y lechugas de las huertas cercanas. Los recoveros recién llegados de Almogía. El mangante de carteras y el chorizo de poca monta.

Como este recinto, que yo conocía muy bien, el resto de los barrios malagueños estaban llenos de mercados, más grandes o más pequeños, que hacían el avío y la pérdida de la mañana de las mujeres de la época. Desgraciadamente la llegada de los supermercados y las grandes superficies sumieron en la penuria a las viejas alhóndigas. Unas cerraron totalmente, otras algunos puestos y las más, sobrevivieron merced a los nostálgicos.

Con la llegada del nuevo siglo, las viejas lonjas renacieron como si de un ave fénix se tratara. Se adecentaron, limpiaron a fondo, entró gente nueva y el maravilloso mercado de Atarazanas, el del Carmen, el del Molinillo, la Merced, el del Palo, Ciudad Jardín, Huelin, etc., se volvieron a poblar de puestos que desde el alba hasta el mediodía surten a bares, restaurantes y particulares, de las “delicatessen” del campo y de la mar.

Encima han descubierto una actividad que yo había disfrutado desde hace años en el mercado del Borne barcelonés; la de los bares de copas y los restaurantes presentes en el mercado. Ayer tuve la oportunidad de comer en uno de ellos. Me habían hablado muy bien de él. Y no me habían engañado. Como nosotros, centenares de malagueños aprovecharon el buen día para acercarse al restaurante sito en el lateral del mercado del Carmen. Una maravilla.

La “buena noticia” de hoy me la transmiten las raciones de pulpo, ensaladilla rusa, espetos de gambas y vieiras, las almejitas y los mejores “pescaitos” de la bahía fritos como Dios manda que disfrutamos. A precios razonables. En buena compañía y a la sombra del mercado y el convento del Carmen. ¡Que más le puedo pedir a Dios! Un sitio donde te dan bien de comer por poco más de lo que te cuesta un menú de carretera. Habrá que ampliar la definición de mercado con el de “lugar de tránsito de los alimentos hasta su destino final”. Nuestros estómagos. Y colocar entre “los ofertantes” a los cocineros.

Hay que disfrutarlos. ¡Ole por los nuevos mercados y sus consecuencias!

 

 

El segmento de plata

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                                                                   Málaga 28 de diciembre de 2017

MISTERIO EN EL “MISTERIO”

    A medida que nos vamos haciendo mayores podemos tomar dos opciones: convertirnos en unos integristas a lo “Don Cicuta” o hacernos más tolerantes (señal de madurez).

Esta reflexión viene a mi mente con motivo de un descubrimiento que he realizado en el Belén de una familia muy conocida por mí. Se trata de una de esas familias que han cambiado la estética por el estar cómodos. Sus ancestros pertenecían a ese grupo, abundante antaño, de familias en cuya casa había un saloncito para las visitas y un sofá en el que jamás se podían sentar los niños, bajo pena de arresto domiciliario. Hoy su casa es un desastre organizado.

 

El salón de la familia de marras se ha convertido en un lugar “totum revolutum”. Subsisten una serie de sofás y sillones desvencijados por el uso  que reconocen perfectamente el cuerpo de los habitantes de la casa, los familiares y las visitas. Los muebles y estanterías están ocupados por una sucesión de fotografías y recuerdos de todos y todo. En un rincón se encuentra el Nacimiento.

 

Si te acercas al mismo descubres que uno de los Reyes va en dirección contraria. Es la única forma de tenerlo en pie sobre las tres patas que conserva. Milagrosamente una fuente echa agua cuando le parece, con evidente riesgo de iniciar un incendio en cualquier momento.

 

Pero el “misterio” surge cuando se acerca el visitante al Portal. En una cuna de dos plazas dormitan (y reinan) dos niños Jesús. Oprobio y mesadura de cabellos para todos los puristas. Anatema y cuando menos una barbaridad. ¿Quién ha puesto el segundo niño? ¡Quién iba a ser! Otro niño. En la familia habían nacido mellizos. Él identifica ambos nacimientos.

 

Cuando te pones a pensar descubres que el Niño Jesús comparte su cuna con todos los niños del mundo. Especialmente los que sufren. San José y la Virgen comparten la cueva con todos los que no tienen vivienda. Los pastores de nuestro día se acercan a los comedores sociales, a los hogares de acogida, a las asociaciones de reparto de alimentos y a todos aquellos que reparten su tiempo entre los suyos y los demás… que también son suyos.

 

He podido desvelar el “misterio” del Misterio. Me ha enseñado a compartir lo mío, lo nuestro, con los demás. A hacerle un sitio en nuestro corazón al “otro niño” que nace. Hoy es el día de los Inocentes. No de los tontos. Los que descubren el valor de la Inocencia. Como los niños.

 

 

 

La buena noticia de Manolo Montes

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                        El “aguilando”                                                             

                                                      Málaga  25 de diciembre de 2017

 

“Si no me das el “aguilando”

al niño le voy a pedir

que te entre un dolor de muelas

que no te deje dormir.

Al chiquiliqui,

al chiquilicuando;

de aquí no me voy

sin el “aguilando”

 

       Así cantábamos los niños de los cincuenta alrededor de aquellos nacimientos de corcho y papel mojado, con ríos de plata confeccionados con el papel de plata de los chocolates y figuras de todos los tamaños, como si de se tratara de uno de los viajes de Gulliver.

El aguinaldo era una de las fuentes de financiación de los niños de la época. Recorríamos las casas de los parientes y amigos más cercanos, incluyendo aquellos vecinos “pudientes”, que contribuían a la modesta economía de aquellos niños sin paga (aun no se había inventado esa costumbre) para acceder a los gastos extraordinarios navideños de aquellos tiernos infantes que vivíamos y jugábamos en la calle; sin televisión, móviles ni tabletas; sin ordenadores ni ropa de marca; con camisetas de pelillo y zapatos de Segarra. Con una tómbola de caridad en la plaza de todos los nombres (según la etapa política) en la que por una peseta podías aspirar a una muñeca de cartón o una cacerola.

Yo invertía en libros. La colección ”pulga” de relatos. El anuario del “siete fechas” (los clásicos le denominaban el “siete mentiras”) que me daba lectura para quince días. También me compraba varias novelas de Marcial Lafuente Estefanía; un escritor que conseguía sacar siete u ocho disparos de un revolver de seis balas. Como mucho unas sesiones dobles en el Avenida o el Capitol.

Mis hijos heredaron la costumbre… y la poca vergüenza. En estos días mi madre y mis tías (una soltera y otra viuda) les ponían en cola y les largaban un “verde” per capita. Pepe, el número cinco, pretendía cada año aprovecharse de la deficiente visión de tan provectas damas, e intentaba pasar dos veces, ora con gafas o sin ellas o, en el desesperado último caso, con un casco de motorista. Jamás coló. Los billetes estaban contados.

¿Porqué les cuento esto? Porque hoy es Navidad. Porque estoy harto de noticias políticas y deportivas. Porque estoy harto de tristezas y peleas familiares. Porque vale la pena que vivamos un poco del recuerdo de los momentos felices.

Mi buena noticia es que hoy Navidad. Felicidades a todos por todo. A ver si conseguimos alargar la paz y los buenos deseos como aquél “aguilando”.

        aguinaldo            

                        

 

                      

La buena leche

21 f, 17

El segmento de plata

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                                                                   Málaga 14 de diciembre de 2017

 

LA BUENA LECHE

    Hace unos días escuchaba la aclaración de un profesor de historia del arte señalando la diferencia entre las imágenes de las Vírgenes románicas y las góticas. Basaba su tesis en la mirada de la Madre hacia adelante, en el primer caso, y hacia el Niño en el segundo.

   Bien traído, como diría el clásico. Si tienen la curiosidad de abrir Internet por la página correspondiente, podrán observar la diferencia. Especialmente a lo concerniente a la iconografía de la Virgen de la Buena Leche. Una imagen de la que soy devoto desde siempre.

La buena leche se recibe en los primeros calostros, en la infancia, en el colegio y sobre todo, en la familia. Es un alimento, primero para el estomago y después para el espíritu. Hablando de Espíritu, no he podido entender mejor al Espíritu Santo que cuando se le identifica con el sentimiento positivo que emana del encuentro con Jesús a través de los Evangelios o de la conciencia. (Por supuesto que el demonio se reconoce en la “malaleche”).

Transmitir la “malaleche” es fácil. Es un recurso cuando estamos agriados y repartimos nuestras frustraciones alrededor. Recibir la buena leche consiste en dejarse mirar con amor –como las Vírgenes góticas- por Dios; consolados por Jesús o acompañado por tu familia y tus semejantes. Aprovechemos la Navidad. Es tiempo de Buena Leche.

 

virgen-leche

La buena noticia de Manolo Montes

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

     En las cuestas arriba…                                                             

                                                      Málaga  18 de diciembre de 2017

 

         Esta frase formaba parte del aserto de un hombre admirable por sus sentencias. Cuando hablaba “subía el pan dos reales”.

 

El refrán completo dice: “en las cuestas arriba quiero ver el mulo; que las cuestas abajo… yo me las subo”. Una verdad como un templo; en los momentos difíciles es cuando las personas damos la talla.

 

Ha venido a mi memoria esa frase de Juan Martín, (el padre del cura Paco, conocido por “Cartajima”), a propósito de un pensamiento surgido días atrás sobre lo que es la amistad, con motivo de una conversación profunda con un amigo. Inmediatamente me dirigí a los sinónimos de la palabra en cuestión, a fin de buscar la definición que más se ceñía a lo que estimo como más correcto. Pude encontrar los siguientes: “compañero, camarada, conocido, adicto, afecto, aliado, incondicional, inseparable, leal, partidario, querido, amante, íntimo, socio, cómplice, aliado, cofrade, colega, compinche, condiscípulo, incondicional, persona con quien se tiene amistad, etc.”

 

Cualquiera de ellas es buena… y hasta verdad. Pero me quedo con la mía propia: “el que está en las cuestas arriba”. En los momentos de gloria, en la euforia todo el mundo te rodea, te adula y presume de tu amistad. Cuando llegan los momentos difíciles (que es cuando en realidad necesitamos a los amigos) ya quedan menos.

 

Los miembros de mi círculo más cercano saben que soy poco partidario de lo que yo llamo “pasteleo”. Lisonjas, zalemas, besuqueo y otras lindezas. En esas situaciones me gustaría ser tragado por la tierra. Sin embargo, cuando llegan los momentos difíciles, mis amigos, que tampoco son muchos, me encuentran. Recurren a mí o a mi familia porque saben que vamos a estar.

 

Me siento muy orgulloso de mis amigos. Me lo demuestran en pocas ocasiones… pero me lo demuestran. Me consultan cuando tienen problemas reales y confían en mí. La palabra fiar viene de la raíz fe. Tiene fe en mí. Saben que no les voy a fallar. El responder a esta confianza en nosotros cuesta, pero gratifica.

 

Mi buena noticia de hoy, que quiero compartir con vosotros, me la transmitió esta semana un amigo. Me dijo: –He decidido que tú te hagas caso de este tema importante si es necesario, porque tú no me vas a fallar; porque confío en ti. En ese momento engordé tres kilos. Que no dude que le voy a ser útil. Vale la pena estar y ser.

 

 

Peones camineros

14 f, 17

El segmento de plata

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

                                                                   Málaga 14 de diciembre de 2017

 

PEONES CAMINEROS

   Mis lectores del segmento, que ya son mayorcitos, recordarán lo que fueron aquellos peones camineros que mejoraron las maltrechas carreteras españolas de la posguerra.

Aun quedan algunas casillas de aquellas que albergaron a tan sufridos operarios que se tenían que apañar con un rastrillo y un carrillo de mano. Nada que ver con las maquinas que repasan kilómetros de carreteras en un santiamén.

Por otro lado nos encontramos con los ingenieros de caminos que diseñan puentes, túneles y autovías. Estos se mueven ahora en el campo de los ordenadores olvidando aquellos de sus predecesores que construían las viejas carreteras siguiendo los senderos de los arrieros y cabreros.

Me quedo con los primeros, aquellos peones camineros de pantalones de pana y boina, que con mucho esfuerzo hicieron cuanto pudieron. Ellos son para mí la imagen de los que hemos tomado en serio la tarea de preparar los caminos del Señor.

Hablo de preparar, no tan solo de seguir, tenemos que arriesgar algo en el empeño y no basarnos en las prácticas de la comunidad. Salir a los extrarradios y oler a cabra, como nos recomienda el papa Francisco.

Los caminos hacia la destrucción de los valores, especialmente el de la familia, discurren por autopistas alquitranadas por los medios y el consumismo. Los caminos hacia la implantación del reino de Dios en la tierra transcurren por terrenos áridos y llenos de baches. Y ahí estamos nosotros con nuestra pobreza de medios.

Lo bueno estriba en que, cuando se avanza un metro, la felicidad te invade y se recibe le ciento por uno. El tiempo de Adviento es el idóneo para que nos aprestemos a Preparar el camino al Señor. Somos sus peones camineros. Y el Señor son aquellos que te rodean. Especialmente los que están más solos.

             

 

 

La buena noticia de Manolo Montes

Por Manuel Montes Cleries         

        m.montescleries@telefonica.net

     HACE CUARENTA Y SIETE AÑOS

                                                             

                                                      Málaga  11 de diciembre de 2017

 

         El día de la Inmaculada del año 1970 se caracterizó por la tormenta de granizo que inundó las calles de Málaga y la hizo intransitable.

 

En esta ciudad no estamos acostumbrados a esas inclemencias meteorológicas. Aquél día había amanecido con un sol radiante y una sensación de frío bastante notable. Como fiesta importante las gentes se echaron a las calles en busca de los bares del centro, las ventas de los montes y del Puerto de la Torre.

 

A eso de las doce de la mañana se puso el cielo negro e, inesperadamente, cayo una granizada que atoró las “madreviejas” y dejó una capa blanca en las calles malacitanas. La situación se puso complicada porque en esta ciudad de sol y buen tiempo no estamos preparados para asumir esas contingencias y se armó el pitote.

 

En mi caso el tema era más grave. Esa tarde me casaba. Tenía previstas todas las contingencias, menos aquella especie de nevada que se nos vino encima inesperadamente. A las  cuatro parecía que el problema se iba reduciendo y volvió a salir el sol de forma radiante.

 

Mi madre, que era la madrina de mi boda, se terminó de colocar la peineta, que soportaba una mantilla de blonda, vistió sus mejores galas estrenadas para lo ocasión y nos aprestamos a acudir a la Iglesia del Sagrado Corazón donde se celebraba la boda a las seis de la tarde. Se cogió de mi brazo con cuidado de no arrugarme el terno de media gala que yo lucía para la ocasión y cruzó el portal de mi casa hacia mi R-8 engalanado a modo,  que conducía un familiar.

 

En la misma puerta se resbaló sin hacerse daño, pero dejando la mantilla y la peineta de aquella manera y entró en el coche de bruces. Sin más incidencias llegamos al templo. La novia, mi Ani, apareció a las seis y diez. Para entonces todo había cambiado. El granizo había acabado en agua. Ahora llovía a cantaros sobre todos los que acudían a la boda. Mis familiares de Jaén que venían andando desde Casa Curro, llegaron despeinados, con la ropa empapada y  convertida en un guiñapo. La novia no se mojó porque Jorge Denis, que la llevaba en su Mercedes azul marino, lo subió hasta el segundo escalón de la Iglesia y la puso a salvo.

 

Sin más incidencias se inició la ceremonia. Miento, en mitad del “paseíllo” hacia el altar se fue la luz por completo. Con un talento innegable, propio de MacGuiver, Jorge encendió los faros del coche e alumbró el pasillo central. Mientras, Félix Gaspar, que estaba de monaguillo, arrimo cuantas velas pudo encontrar e iluminó el altar de una forma preciosa. Efectivamente, nos casamos a dos velas.

 

Lo que sigue dura ya 47 años. Ocho hijos, diecisiete nietos y un tercio del de dieciocho. Una vida feliz y complicada, De luces y sombras. De alegrías y tristezas. Pero siempre mucho más de lo primero que de lo segundo. Se nos han ido yendo los  mayores de nuestro entorno y viniendo jóvenes y niños que han llenado por completo nuestra vida.

 

¿El secreto? Respeto, libertad y proyectos propios que se unen en uno común. Aceptar lo que no nos gusta del otro o la otra. Mucha agua y mucho ajo. El problema de las familias actuales se fundamenta en que no aguantan nada. A la primera de cambio tiran por la calle de en medio y no llegan a disfrutar de la mejor parte del matrimonio: Envejecer juntos.

  

    Esta es mi buena noticia de hoy. Que felizmente podemos contar aquello que nos pasó hace cuarenta y siete años. Ha llovido, ha tronado, han caído granizadas, desatado vendavales y estallado  rayos a nuestro alrededor, pero hemos sabido poner al mal tiempo buena cara y tirar para adelante. Lo mismo que aquel día de la Inmaculada de 1970. “Siempre que ha llovío, ha escampío”.